Convertir la mierda en oro

Convertir la mierda en oro

       Lo confieso, soy devoto ferviente de la Ley del péndulo porque abrigo la creencia de que la historia se desarrolla en círculos concéntricos. Viene al caso porque leo que unos chicos han creado una empresa llamada Sanergy que se propone la construcción de retretes con lavabos, pero con la singularidad de que tratarán los deshechos para transformarlos en fertilizantes y biogás. Su lema: convertir la mierda en oro. Lo venden como un hallazgo, de hecho, su proyecto se llevó el gran premio del MIT de 100.000 $. Van a empezar en Kenia con 6.000 sanitarios. Estos chicos tal vez no sepan que en la infancia de los que el arado del tiempo nos ha labrado ya con surcos indelebles, las necesidades fisiológicas se deponían en el corral; desconocerán que en esos menesteres te armabas con un palo para luchar contra el ejército de gallinas que intentaban picotearte las nalgas y llevarse la mierda al pico antes de que aquella llegara al suelo de estiércol; ignorarán que en las cuadras los animales de tiro se aliviaban sobre un manto de paja que se esparcía bajo sus patas, y cuando aquel compost superaba un cierto límite, a los niños nos encargaban limpiar la cuadra acarreando el estiércol hasta el corral, ayudados con un cesto de mimbre y una horca de cuatro puntas de hierro; tampoco sabrán esos chicos de Sanergy que antes de que llegaran los Nitratos de Chile, el fertilizante que se desparramaba sobre las tierras de labor era la materia orgánica que en carros o remolques se sacaba del corral; recuerdo ir con mi padre en el carro con un cargamento y ver un gusano de color blanco nube que emergía impoluto del estiércol moviendo todos sus anillos en acordeón para avanzar. Todavía hoy, en que se ha sustituido el estiércol por fertilizantes químicos de nitratos y fosfatos, los rebaños de ovejas pastan la paja seca de los labrantíos recién cosechados y abonan con sus excrementos las tierras.

Como atesoro ya muchos recuerdos, te confieso que he visto a mi madre destejer jerséis viejos y ovillar la lana para volver a trenzar, como si fuera nueva, una chaqueta marrón tostado con ribetes blancos que me llegaba hasta los muslos porque estaba de moda. Con grasa de cerdo y sosa cáustica se hacía el jabón en un barreño de zinc que llamábamos pozaleta, se ponía a la lumbre y se le daba vueltas y vueltas con un listón de madera hasta que adquiría cierta consistencia, después se vertía en un molde rectangular, se dejaba enfriar y se cortaba con un cuchillo de cocina en trozos simétricos. En la matanza se limpiaban las tripas del cerdo y se metían en agua caliente antes de embutir en ellas la carne especiada con orégano, anís, pimentón y sal; después se ataban los chorizos con hilo de bramante y se agujereaban con una lezna antes de subirlos al sobrao para que se curaran con el aire crudo del invierno. Las pieles de los conejos se colgaban en el corral en las paredes de adobe para que se orearan al sol de primavera, se buscaba el ángulo en que la luz incidiera por más tiempo hasta que viniera el pellejero a comprarlas. Las sábanas se blanqueaban al sol tendidas sobre  la hierba de las eras, con piedras en las esquinas para que no salieran volando si se levantaba el viento. Las hojas de la planta del maíz se utilizaban para el relleno de los colchones, las mazorcas mondas para quemar en la lumbre, el grano desgranado con los dedos por mujeres sobre una mesa camilla -solían ser vecinas que se reunían al calor del brasero y la conversación- daba de comer a las gallinas y a los cerdos, el sobrante se vendía y, si el grano era bueno, se separaba el necesario para la siembra… He visto a mi padre desenroscar bombillas fundidas y, con grandes dosis de paciencia y mucho tiento, conseguir que el filamento roto volviera a montar en equilibrio inestable hasta cerrar el circuito, luego volvía a roscar la bombilla en el casquillo con pulso de cirujano y se hacía la luz. Y coser los sacos, las mantas, los collarines de las bestias y hasta las botas con hilo de bramante untado en yute. Te contaría cien ejemplos que viví de una economía autárquica y de subsistencia, cien ejemplos que se deberían seguir para enderezar esta economía que sólo se sostiene en el consumismo del despilfarro. Bienvenidas sean estas empresas que tratan de convertir la mierda en oro, aunque olviden que nuestros ancestros ya lo hacían. Mucho de lo que nos venden como novedad está inventado desde  hace siglos, por eso te digo que la historia pendulea. Basta que podes de oropeles, artificios y anglicismos el lenguaje de las escuelas de negocio para que se cumpla aquel aforismo de: No hay nada nuevo bajo el sol.

Decía ayer en su blog Antonio Muñoz Molina: “Se escribe a solas, en una conversación secreta con uno mismo, avanzando a tientas, a veces dejándose llevar por la alegría de las palabras que fluyen y otras aguardando, con paciencia, con tesón, con desánimo, temiendo que tal vez no salga nada de tanto esfuerzo”. Lo difícil de comparecer aquí de tanto en tanto es que has de atravesar tres malditos Rubicones:

Primero: Has de conseguir acallarte a ti mismo la certeza de que ni tienes nada nuevo que decir, ni puedes ofrecer formas nuevas de escribir lo que ya otros han expuesto mejor que tú.

Segundo: Si consigues engañarte y olvidar por un momento esa certidumbre, tienes que buscar un tema a desarrollar. Hoy quería escribirte sobre las palabras que escuché a José Luís Sampedro, el viernes, en la Feria del Libro de Madrid, que hablaban de valores. También sobre la logomaquia que padecen nuestros políticos. O de las buganvillas y jacarandas que engalanan las callejuelas del casco antiguo de Marbella, cuidadas por manos humildes que no saben de corrupciones. Hubiera querido glosarte la foto de un tronco de árbol cuyo ramaje era una nube algodonosa con el blanco puro, como el blanco del gusano del que te hablé más arriba, aquél que salía del estiércol. Y de la tristeza honda de mi madre, casi nonagenaria, que te despide con la mirada acuosa porque intuye que cualquier despedida puede ser la última. Y sin embargo, sólo he sido capaz de escribirte de alquimias y otras nimiedades.

Tercero: Y para mí lo más difícil, sentarte ante esta pantalla que es como un espejo de los del callejón del Gato, aquellos que inspiraron el esperpento a Valle Inclán, y teclear, como quien traza camellones en la tierra, para que te devuelva una imagen totalmente distorsionada de lo que quieres decir.

Al final pares un feto malformado que no se parece en nada a lo que esperabas. El parto de los montes.

J. Carlos

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5 Respuestas a “Convertir la mierda en oro

  1. … qué bonitos recuerdos, hermosas palabras, fotos sepia nítidas e importantes … así como atestigua la expresión orgullosa y comprometida de los retratados … Los dos sabemos que es mal asunto éso de la abundancia de recuerdos … además, cómo afirma uno de los hijos del mismo Muñoz Molina, Santiago Biralbo, el pasado no existe … y, de lo contrario, no sirve de nada. Pero … de todas formas … ¡ qué bonitos recuerdos, hermosas palabras, fotos sepia nítidas e importantes! enhorabuena, jotacé
    pino

  2. muy bueno,,es lo que tengo para decir o escribir,,,,

  3. Yo no tengo vivencias propias del campo, porque nací y me crié en la ciudad, pero sí recuerdo a mi madre dando la vuelta a los cuellos y los puños de las camisas, para que lo rozado quedase por dentro y se pudieran llevar unas cuantas temporadas más. También recuerdo que se compraban los alimentos a granel, en vez de con tanto envase como ahora. Y cuando había envases, como pasaba con los yogures o las cervezas, se devolvían los cascos.
    Coincido contigo en que no hay nada nuevo bajo el sol, pero esta sociedad mercantilista en que vivimos necesita de las “novedades” para mantenerse. Yo sostengo que deberíamos dar dos pasos atrás, solo dos.

  4. Cuantas vivencias , las mías de pequeño, en Almadén, coinciden co las descripciones tuyas.
    Un abrazo,
    Valeriano

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