La confirmación

LA CONFIRMACIÓN

Esa tarde, en la escuela, el maestro nos contaba que el ejército del pueblo escogido hizo sonar sus trompetas frente a las murallas de Jericó,  y aquellas se desmoronaron como si hubiesen sido sacudidas por un gran terremoto. En mi imaginación veía a los soldados de Jericó cayendo desde las troneras envueltos en una nube de polvo y aplastados por las piedras. Desde luego esas historias que Don Ladis nos relataba con un elenco de gestos y aspavientos, eran preferibles a repetir a coro los afluentes del Duero o que te sacara a la palestra y te preguntara las virtudes teologales. Después nos indicó que nos pusiéramos todos en pie y comenzamos el último ensayo. Abilio recitó un poema de amor al niño Jesús, que por fin ya se había aprendido de memoria, cuando terminó se acercó al maestro, que hacía de obispo, y le besó el anillo. Era la señal para que todos, a la vez, empezáramos a entonar: “El trece de mayo, la Virgen María bajó de los cielos a Cova de Iría Ave, ave, ave, María…” Tuvimos que repetirla tres veces hasta que quedó a satisfacción de Don Ladis. Antes de abandonar la escuela nos hizo pasar por su mesa y nos dio, a cada uno,  un papel muy fino que tenía dos franjas verticales de colores amarillo y blanco para que hiciéramos una bandera.

De camino a casa con Arsenio, Dientespochos, que era mi vecino, nos asomamos a la puerta de la fragua porque allí los hombres solían contarse historias picantes y decían muchas palabrotas. El herrero tenía aferrada con unas tijeras de hierro una vertedera de un arado al rojo vivo, mientras Clodoaldo y otro hombre le daban martillazos siguiendo el compás; a un lado del hogar estaba Félix, El Loco, que tiraba de la cuerda del fuelle con la cara enrojecida por el calor y un reguero de babas pendiendo de la comisura de los labios. Nos quedamos escuchando pero ese día sólo hablaban del campo y que si no llovía ahora, por San Isidro, la cosecha sería mala. Dientespochos, asomó toda la cabezota a la puerta, se metió los índices a cada lado de los labios, abrió la boca y, mirando al Loco, le enseñó sus dientes negros, haciendo muecas con la lengua. Éste soltó una risotada que delató nuestra presencia. El herrero nos arrojó un puñado de escoria y salimos corriendo.

Dejamos las carteras en casa y paramos el tiempo suficiente para coger un trozo de pan y medio chorizo y nos fuimos corriendo a la atalaya. Allí jugamos a vaqueros con pistolas de calamina que disparaban fulminantes. Si hacías de malo y te pegaban un tiro, te dejabas caer rodando por aquella loma en barbecho y cuando parabas eras un rebozo de tierra. A Luisito que estaba gordo, en una de esas, se le rajó el pantalón por el culo y se decidió que sólo haría de bueno. Corría con la pistola en la mano derecha y con la izquierda se agarraba el descosido. Más abajo, en las eras que lindaban ya con las tapias de los corrales, las chicas mayores jugaban a la comba. Por la calle que subía venían los chicos mayores, quienes iban a recibir la confirmación al día siguiente; traían a Félix, El loco, atado con una cuerda. Antes de llegar a la era, le desataron, le dieron un cigarro y se apostaron en la esquina, escondidos, en silencio. El Loco siguió adelante, chupando el cigarro sin quitárselo de la boca, se recostó sobre la pared de adobe frente a las chicas y se sacó el pingajo. Las chicas huyeron a la carrera y los chicos se fueron riendo detrás de ellas. Enfundamos nuestras pistolas y bajamos al galope para hacer rabiar a Félix. Siempre llevaba una chaqueta de pana marrón y unos pantalones negros también de pana, sujetos con un cordel, nunca llevaba camisa ni calzoncillos. Lo rodeamos entre todos haciendo corro a cierta distancia: “Sácatela, sácatela…” Al principio se reía y nos miraba embobado sin quitarse el cigarro de la boca y echando el humo por la nariz, aunque no la sacó; pero cuando Ricardo, El Pecoso, que era un trasto, le tiró un terrón que impactó en la nariz roja y gorda, fue oír cagüendios y pies para que os quiero.

Antes de la cena, mi padre peló con la navaja una pequeña vara para hacer el mástil de la banderita y mi madre puso a cocer harina con agua y una cucharada de azúcar. Con ese engrudo impregné la parte superior de la vara y la puse sobre el papel fino, lo fui enrollando hasta dar dos vueltas de vara y lo dejé secar. Cuando se endureció enarbolé la banderita y la hice ondear en el aire. Quedó perfecta.

Al día siguiente, trece de mayo, estaba todo el pueblo en la carretera esperando al obispo. Los mozos habían construido un arco con ramas de hojas recién brotadas para darle la bienvenida. El cura y el alcalde se paseaban impacientes hablando de cosas importantes con las manos agarradas en la espalda. Los niños esperábamos en fila, ondeando nuestras banderas, con la vista puesta a lo lejos por si se veía la silueta de un coche. Llegó en un Dos caballos gris, viajaba en el asiento de atrás. El cura de mi pueblo, Don Ángel, y el que bajó del asiento delantero llegaron a la vez a la manilla de la puerta para franquear la salida de monseñor y, al tropezarse, al forastero se le cayó el bonete. Los niños rompimos a reír a pesar de los siseos del maestro. El obispo era alto y corpulento, por lo menos le sacaba dos palmos a Don Ángel, no me explicaba cómo se las habría arreglado para entrar en aquel coche tan pequeño. Tenía las manos y la cara como de cera.  Su sotana era negra igual que la de los curas pero tenía una fila de botones rojos de arriba abajo y ceñía un fajín color púrpura, el mismo color del solideo que le tapaba el pelo canoso y que no se le caía a pesar de las ráfagas de viento.

Después de que María y Abilio, que se atrancó un poco al principio, recitaran sus poemas, comenzó la procesión y entonamos “El trece de mayo”. Íbamos tan despacio que hubiéramos tenido que repetir la cancioncita, al menos, tres veces hasta llegar a la iglesia; pero durante la espera nos había dicho el maestro:

―Los hombres han convencido al cura para cantar después de nosotros el “Oh Santo Isidro”, patrón del pueblo, en rogativa para que riegue los campos yermos, ahítos de sed.

Entonces supuse que ahíto quería decir muerto, pero en fino, porque en mi casa si tenías sed se decía que estabas muerto de sed.

Habíamos dejado la calle mayor y enfilábamos la calle en cuesta de la iglesia. Félix, El loco, estaba esperando solo, en el pórtico, fumando las colillas que quedaban esparcidas por el suelo antes de que tocaran las últimas en la misas de domingo. Los hombre entonaban: “Oh santo Isidro, santo glorioso…” Evelio, como siempre, subió el tono para rematar la canción, con ese falsete que dañaba los oídos: “…y te pedimos la bendición.” Se hizo el silencio. El alcalde, el cura y el maestro se miraron sin saber quién debía proseguir, si los hombre o nosotros. En ese momento, Félix, El Loco, salió del pórtico, se quedó plantado en el peldaño más alto de los escalones, de frente a la procesión. El sol le sacaba brillo a la barba rala y blanca de varios días, pero también destacaba la capa de mugre de su chaqueta. Clodoaldo, el amo de Félix le hacía señales con el brazo para que se marchara, Félix le miró temeroso y arrojó la colilla al suelo. Pasaron unos segundos, la procesión en silencio seguía su camino, los niños en los flancos ondeábamos las banderitas. Dio dos pasos a la derecha, como para irse, luego se volvió hacia nosotros, se llevó la mano a la bragueta y la sacó.

Al obispo le dio un soponcio, mientras nosotros apretábamos lo dientes para no reír. Clodoaldo le pegó un grito y salió corriendo a por él. El loco, rezongando, cruzó el pórtico y se metió dentro de la iglesia. El boticario se quitó la chaqueta y la puso debajo de la cabeza del obispo, luego le desabotonó la sotana y yo descubrí con horror que tenía pantalones y piernas como los demás, pero el solideo seguía pegado a su cabeza. Las viejas empezaron a rezar un rosario. Nuestro cura, Don Ángel, pálido, sostenía entre las suyas la mano del obispo, miraba al cielo y bisbiseaba una plegaria. El alcalde corrió a empapar un pañuelo en el agua de la fuente.

Félix, El loco, apareció en la torre, se encaramó en la campana de los graves. Todas las miradas se concentraron en ese punto. Silencio.

Luego, se oyó la voz de Clodoaldo desde la torre:

―Te he dicho que te bajes de ahí.

― No me da la gana. Mecagüendios.

El loco fue rodeando la campana para zafarse de la mano que intentaba agarrarle de los pies. Clodoaldo tiró de la cuerda atada al badajo para asustarle y hacerle bajar. Sonó la campana: “Taaaaaaaaaaaaan”. Las botas sin cordones se balancearon en el aire. Veintidós metros. Rompió el ay sincopado de las gargantas un sonido seco. La campana todavía siguió vibrando: “taaaaaaaaaan”

Las madres nos taparon los ojos  con sus manos y nos llevaron a casa. Lloré porque con el trajín había perdido mi banderita.

J. Carlos

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Una respuesta a “La confirmación

  1. En algunos momentos me ha retrotraido a mi niñez, en Almadén (Ciudad-Real).

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