Tierra del Burgo y más allá

Tierra del Burgo y más allá

       Antes de rodar por las tierras rojas de Soria, concretamente en Ayllón, paramos a repostar. Están todos los surtidores ocupados y me coloco a la espera del que tengo más cercano, echa carburante un señor alto, trajeado, ya mayor. Pasan los minutos y el buen señor no termina. Al fin, el surtidor de al lado queda libre, cuando miro al buen señor constato que sólo mete dos dedos de la boca de la manguera, aprieta un poco el gatillo y espera a ver si rebosa el depósito y vuelta a empezar. Me dirijo hacia él y le explico que el mecanismo es automático y cuando el depósito se llena salta el gatillo. Cuando vuelve la cara para dar las gracias y excusarse diciendo que no suele echar carburante, resulta que es un diputado que fue presidente de la Junta de Castilla León, además hermano de un buen amigo. Nos saludamos, dale recuerdos a Javier le digo. Y pienso: ¡Qué lejos están los políticos de lo cotidiano!

En San Esteban de Gormaz las nubes ya han sentado sus reales, son blancas y le dan una consistencia de bruma a las piedras oxidadas de la Iglesia de Nuestra Señora del Rivero. Bajando la escalinata, a la derecha, hay una casa humilde, en los aledaños un anciano largo y enteco barre el suelo con una escoba de cepillo con las cerdas desgastadas. Viste una camisa de franela con el cuello raído de tanto uso, unos pantalones grises sobrados de lamparones y una corbata roja también mugrienta. Señala a un gato con pelaje blanco y negro que deambula por el tejado, está harto -nos dice- de que el vecino lo suelte por ahí porque entra hasta la cocina y me birle las viandas. Me puede la curiosidad y le pregunto por la corbata. La llevo desde los once años -responde- A esa edad fui a Bilbao y he trabajado toda mi vida de sastre, desde entonces no me quito nunca esta prenda -concluye-. Después nos dio cumplida cuenta de todo su ajuar: cinco trajes, siete pantalones, doce camisas e innumerables corbatas. Vino a contarnos que era originario de Cáceres, aunque nunca más volvió, pero no quiso darnos  razón de cómo había recalado en San Esteban.

Para llegar a Casarejos hay que cruzar el puente sobre el río Ucero, donde comienza el Cañón del río Lobos, ascender un pequeño puerto y pasar el mirador de La Galiana. En la Cabaña Real de Carreteros, nos recibe Cosme que regenta junto con Juana esta casa rural. Cosme es alto y recio, como su voz. Nos enseña la posada y nos sube una botella de champán a la habitación. En el hogar permanece la imponente chimenea cónica propia de la comarca y salpicados aquí y allá, palas para espalar el grano, horcas de cuatro puntas para tornar la trilla, cántaros en sus cantareras, pucheros y ollas de barro, máquinas de hacer chorizos, planchas de carbón, palanganas, muebles aparadores con vajillas colocadas en estantes cubiertos con labores de ganchillo, y otros muchos trebejos de labranza; en un gesto de modernidad rural también hay tocadiscos y radios antiguas. En el balconcillo de la habitación, que tiene la balaustrada de madera y la panorámica de los campos verdinegros, comemos fresas y bebemos el champán frío sobre una mesa de hierro forjado; cuando caen las primeras gotas de lluvia hemos trasegado más de un tercio de la botella. En el comedor hay gramófonos, estanterías con libros sobre paños de ganchillo, y está Juana que cocina y te sirve la mesa: unos espárragos fritos rellenos de hongos y jamón que son una delicia, unos rollitos de merluza con langostino para degustar con lentitud, y de postre, la costrada soriana, una exquisitez para los lamineros como yo. Cosme va de mesa en mesa tomando la comanda, sirviendo el vino y charlando, a veces, entona boleros con su voz recia.

En el mirador de La Galiana empieza a diluviar, apenas caben en la máquina tres panorámicas aéreas del Cañón del río Lobos porque los farallones se cubren de bruma espesa y gris. Hay que tomar el camino al Burgo de Osma, no se puede recorrer el desfiladero bajo una cortina de agua. En la plaza mayor de El Burgo, bajo el paraguas, sí salen las fotos del Hospital barroco de San Agustín, incluso, cobijado dentro de los pórticos del ayuntamiento puedes hacer virguerías con la cámara, porque el suelo está enaguado y es un espejo donde se reflejan la fachada y los pináculos del Hospital como en un río. Hasta la Catedral caminamos resguardados del diluvio por los soportales de la calle Mayor y, si nos asomamos al arco, se pueden ver las casas construidas sobre la propia muralla. Desembocamos en una plaza irregular enmarcada por edificios nobles, la muralla y la Catedral, y una fuente en medio. Las gárgolas desaguan con estrépito formando auténticas cascadas. Ya dentro del claustro la tormenta se enfurece y truena, entretanto paseamos las salas del museo, entre casullas, dalmáticas, cálices, facistoles, códices, cantorales, cuadros, tallas… y el sepulcro gótico policromado de Pedro de Bourges, el obispo que construyó la primera catedral románica. Ya dentro del recinto catedralicio las vidrieras, esos caprichos que al prestarte la luz en colores te muestran historias, los retablos y la escalinata renacentista de la capilla de San Pedro de Osma.

Siempre que llueve escampa, así que la tarde es propicia para visitar en Gormaz las murallas del antiguo califato y admirar sus defensas: entradas acodadas, dobles murallas, dobles arcos con vanos entre ellos para facilitar la defensa; y desde este altozano forzar la vista hasta el horizonte, con ríos que serpentean, tierras en labrantío de cereal verde y barbechos, arbustos diseminados en los pequeños alcores y, al fondo, bosques de pinos y sabinas.

Calatañazor es una reliquia de casas de adobe y mampostería con chimeneas cónicas, pórticos sostenidos con madera de sabina, calles empedradas y las ruinas de un castillo. Dicen que aquí perdió el tambor Almanzor y, en este enclave, Orson Welles rodó Campanas a medianoche. Casi se nos pasa de largo el Sabinar de Calatañazor, no sé si ha empezado a llover o las ramas de estos árboles centenarios guardan las gotas de la tormenta de la mañana. No importa, es como retroceder mil años y vivir entre seres de otros tiempos con hojas perennes verdinegras, con troncos cónicos si son viejos y cilíndricos los más jóvenes. El bosque está a pié de ladera, bien fertilizado con boñigas de vaca y bostas de caballo y es como un santuario prehistórico. La tierra y el estrato herbáceo huele lo mismo que olía el maizal cuando siendo niño me llevó por primera vez mi padre a ver crecer el maíz. Al final nos enlazamos a un tronco muy viejo, que se desprende en tiras delgadas, como dos niños. Ella desea suerte al árbol y yo le digo: Te sobrevivirá.

Antes de que la tarde se agote hay luz y tiempo para recorrer un pequeño cañón,  flanqueado por sabinas y chopos, con arbustos de gayubas, aliagas, escaramujos tomillos y espliegos, y ver el Ojo de la Fuentona que es una laguna del terciario que también llaman Ojo de mar, donde viene a nacer el río Abión. Es una poza kárstica con dos galerías, una de las cuales no se ha explorado en su integridad aún, pero se ha llegado a una profundidad de ciento quince metros. El sol tiene carrete para captar un corzo pastando y nos permite llegar hasta la Cascada de la Fuentona, que por el diluvio caído por la mañana está en su plenitud. De vuelta, nos cruzamos con otros huéspedes de la Cabaña Real: “Hay que andar y hacer hueco para la cena que Cosme y Juana nos tendrán preparada.”

El domingo amanece con un cielo azul intenso. Hacer las maletas. Visitar la Iglesia de Casarejos. La plaza donde han plantado un mayo altísimo rematado con ramas de pino. Despedir al perro de Cosme que nos sale al paso.  Enfilar el Cañón del Río Lobos y discurrir por su garganta en silencio, antes de que se llene de voces y de gritos turísticos, sólo se oye el croar de las ranas. Ella no ha oído nunca una sinfonía compuesta por tantas ranas. Nos pasan varias parejas en bicicleta mientras hacemos fotos a los nenúfares del río, al llegar a la Ermita de San Bartolomé están descansando, dos de ellos se besan al pié de un tronco muerto como si sus bocas fueran un manantial y estuvieran ahítos de sed. Apenas nos adentramos en la cueva de San Bartolomé y no vamos mucho más allá del paraje del Colmenar de los Frailes. A la vuelta nos vamos cruzando con una  procesión de viandantes, hasta autobuses hay en el parking. Todavía quedan las fuentes del Duero en los picos de Urbión, Castroviejo con sus formaciones caprichosas de piedra, la cascada de la Serena y, claro, la Laguna negra.

J. Carlos

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