Realezas

Realezas

En el momento que tecleo estas líneas está haciendo su entrada en la Abadía de Westminster la reina Isabel II, con traje, abrigo y pamela de un amarillo limón que hacen juego con la casulla del arzobispo que la recibe y con la mitra de los obispos que le secundan. Las trompetas ahogan el repicar de las campanas durante el besamanos. Comienza la hoguera de las vanidades para hornear cuatro horas de superproducción a todo color y transmitirla por los canales de televisión y por las redes sociales urbi et orbi. Se calcula que estaremos viendo el acontecimiento más de dos mil millones de personas. Una fruslería, la tercera parte de la humanidad que epidemia el planeta.

Los contrayentes son un nieto de la señora vestida de amarillo limón y una chica de clase media venida a más. Él se llama Guillermo, es el primogénito de la mítica Lady Di, aquella santa hembra que tantas horas de gloria dio al papel couché y a las televisiones rosáceas; el chico trabaja para las Fuerzas Armadas de Su Majestad como piloto de helicópteros de rescate. Ella es Catalina que estudió en colegios privados y en la universidad de St. Andrews, donde coincidió con su prometido -sólo una selecta élite que apenas alcanza el 7% de los súbditos de Su Majestad alcanzan el privilegio de estudiar en instituciones privadas-; la chica llegó a trabajar una temporada para la firma de ropa Jigsaw, después se dedicó a sus labores, esto es, esperar a que sea ungida allá por el 2040 por la vía del meato, parafraseando a mi buen amigo Elías.

Desde que los franceses, tan sanguinarios ellos, pasaron por la guillotina en 1793 las testa coronadas de Luís XVI y su señora esposa María Antonieta, las casas que regentan monarquías por derecho divino, van menguando y se tientan sus nobles posaderas cuando los súbditos reales ponen en tela de juicio sus abundantes privilegios. Se atribuye al rey Faruk de Egipto, destronado en 1952, la frase que pronunció en su exilio dorado de la Costa Azul: “En 25 años en Europa no habrá más reyes que los de la baraja y el británico”. Parece que se equivocó con largueza. Perduran y con buena salud, a este lado de occidente, además de la corona británica, las de Suecia, Holanda, Dinamarca, Bélgica y España. Está por ver que el cataclismo árabe no se lleve por delante algún turbante coronado y forrado de petrodólares.

Pasan diecisiete minutos de las doce del mediodía: “Yo, Catherine Elizabeth, te tomo a ti, William Arthur Philip Louis, a mi legítimo esposo…” Una frase que cuesta treinta y dos millones de euros. Cantidad que puesta en relación con la rentabilidad publicitaria para las Islas británicas supone, seguramente, la mejor inversión de su historia, si descontamos el pirateo financiero de la City que tiene patente de corso, como es bien sabido.

Al socaire de este acontecimiento planetario, se me ocurre plantearte que reflexionemos juntos, que ya es pretensión estúpida por mi parte, acerca de las bondades de esta institución basada en el derecho divino, y por consiguiente, conculca los principios básicos de la democracia, goza de privilegios que casan mal con el concepto de ciudadanía y se está convirtiendo en el exponente básico de una feria de las vanidades con su correlato de inanidad. A pesar de ello, es justo reconocer que, aunque sin sustento democrático alguno por más que reinen bajo constituciones democráticas, mantienen una serie de valores que por la fuerza de los hechos les hacen todavía hoy posibles, a saber:

-Su antónimo, la República, resulta, por una parte, más costosa, sólo sea por los gastos electorales cada cuatro o cinco años. El elegido lo suele ser por un partido político, en consecuencia, obrará siempre bajo el directorio y la ideología de dicho partido y no ejercerá la labor de árbitro que se le exige a un Jefe de estado. Y puestos a corromperse no hay diferencias porque el color de la sangre, sea azul, sea roja, no hace perder su naturaleza humana con sus defectos y sus virtudes.

-Será porque el cargo monárquico es vitalicio, será porque las casas reales aplican el principio hoy por ti y mañana por mí, será por el glamour, la envidia y el poder que emana del oropel de sus privilegios, lo cierto es que suelen ser unos consumados relaciones públicas y hacen un trabajo extraordinario en el ámbito de las relaciones exteriores, al fin y al cabo muchos Jefes de los estados europeos están emparentados.

-El pedestal en el que levitan unos centímetros por encima de sus súbditos les arroga una cierta distinción para el ejemplo, para impulsar las artes, la cultura, las ayudas humanitarias, etc.

-Por la cuenta que les trae cuando las cosas se ponen feas, ejercen de buenos componedores ante Gobierno y oposición especialmente si sus miembros se dan de patadas en nuestro culo de ciudadanos; así que se les supone una cierta capacidad de arbitraje.

-Es ridículo, pero no cabe duda de que, las testas coronadas con sus ceremonias de coronación, sus bodas, bautizos y otros eventos, construyen un abanico de imágenes que venden la marca de su país en el mundo, tanto más que los eventos deportivos, artísticos o culturales. Además, el estar bien comidos y bebidos y poco trabajados durante siglos, unido a los suntuosos vestidos que lucen, gracias a nuestros impuestos, hace que tengan una entalladura excelente que en esta sociedad un poco boba, también vende.

-Paradójicamente la oposición cada vez más encendida a esta vieja institución les está acercando más a la sociedad, se casan con plebeyas, estudian carreras universitarias, trabajan bastante aunque parezca lo contrario, multiplican los actos multitudinarios, se mezclan con la plebe en la medida de lo posible y suelen tener la virtud de la discreción.

-Además, ¿te imaginas de Presidente de la República a Aznar, viviendo en el Palacio de la Zarzuela con su consorte Botella? Qué digo la Zarzuela, se trasladarían de inmediato al Palacio Real ¡Qué horror!

Tenemos al único rey que se jugó su corona por desactivar un golpe contra la democracia. Ha vendido y vende la marca España mucho mejor que la caterva de políticos que hemos tenido y tenemos, algunos de los cuales, como el susodicho Aznar, cada vez que mueve el bigote por esos mundos de dios denigra a España como “gran patriota que es”. Juan Carlos I casó a su hijo Felipe, a la fuerza ahorcan, con una plebeya, Letizia, que le ha enseñado lo que vale un peine y una barra de pan, le ha mostrado otros ambientes distintos a los pijobobos por lo que se movía, le ha doctorado en hablar en público y en relacionarse con los medios. En fin que le ha bajado a él y a toda la familia real unos milímetros del pedestal. Bienvenida, pues. Te digo esto porque objetivamente la monarquía me parece una institución obsoleta y sin sustento democrático, pero en la práctica espero que dure. Recuerdas aquello de que Dios escribe derecho con renglones torcidos, pues eso. Me parece que su labor de árbitro, de vendedor por el mundo de la marca España, de moderador en esta difícil encrucijada autonómica-federal, su sentido de estado, de saber estar por encima de los intereses partidarios…, prima sobre la obsolescencia y la aberración intelectual que supone que por nacer en una determinada familia eres el Jefe de un estado democrático. Están para durar, a poco que sepan respetar y respetarse y vayan soltando lastre de privilegios por la borda. Ya ves, contradicciones que tiene uno. Pero cada vez estoy más convencido de lo dicho, tanto más cuanto determinada prensa, bastante sospechosa, lleva años tirándole a dar por ver si le vuela la corona. Y siempre sigo la máxima de aquel cabo en la mili: “Ahí hay una colilla, luego han fumado”.

Siempre cabe otra opción: Buscar una familia al azar y alimentar a su vástago/a con royalactina, crecerá mucho más alto y fuerte, no porque tengan más células, sino porque éstas serán más grandes; y si es mujer tendrá unos ovarios de categoría y podrá parir muchos más hijos. Cuando sea mayor lo/a coronamos y resuelto el problema intelectual-moral-democrático. No sé si has leído que Masaki Kamakura del Centro de Investigación de Biotecnología de Toyoma (Japón) ha descubierto que en la jalea real abunda una proteína llamada royalactina que promueve una hormona esencial para el desarrollo de la abeja reina. Para convertir a una larva obrera –plebeya- en abeja reina no basta con alimentarla con jalea real, es necesario que esa jalea tenga una cantidad abundante y fresca de esa proteína. Y ya tenemos rey o reina. Tanto monta, monta tanto. Con unos ovarios comme el faut si es hembra y, si es macho, supongo, aunque esto había que preguntárselo a Kamakura, con unos cojones como el caballo de Espartero.

J. Carlos

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2 Respuestas a “Realezas

  1. Manuel Jiménez

    Suerte tuviste porque debiste estar viendo el evento. Y por otra parte no es Aznar quien denigra a España, sino la casta política actual y la panda de inútiles de este gobierno, que vinieron a servirse y enriquecerse ya las pruebas me remito y nunca a servir. En fin tenemos lo que nos merecemos: una Reypública bananera.

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