Tarde de toros

TARDE DE TOROS

 Sebastián Santomera, alias El Sebas, el maestro de Fuentes del Carrizal, se mira en el espejo ovalado de la habitación del hotel, tira de los bajos de la chaquetilla con una mano y con la otra acaricia alamares y caireles; ensaya una sonrisa para espantar el miedo mientras con ambas manos se cala la montera, cuarto de vuelta a la derecha, cuarto de vuelta a la izquierda. Luego recoge de la mesilla la estampa de la Virgen del Carmen y la foto de su hija Esmeralda corriendo junto a una gacela, y se las guarda dentro de la camisa. En la pared, láminas de lidia en marcos de plata y sobre el edredón de la cama con dosel de hierro el capote abierto en abanico. Le acompaña su cuadrilla ya vestida de luces; dos sentados en los sillones de orejeras hablan en voz baja, se ciñen los machos y aprietan los nudos de los corbatines verdes; el otro, de pie, atiende al maestro.

―Aprieta más el fajín y ajústame la taleguilla.

―Maestro, te queda que ni pintao.

Es el momento de los abrazos deseando suerte al maestro que es la suerte de todos. Los estómagos flotan cuando las mejillas se juntan y los brazos se doblan en la espalda, los ojos se miran en lo hondo donde anida el miedo y las bocas necesitan un último trago para disolver la sal que produce el vértigo. Levantan las copas:

―Suerte  maestro.

Entra el mozo de espadas, en la mano un paquete atado con una cinta que lleva los colores de la bandera de España.

―Maestro, es la hora.

―¿Y ese paquete? ―pregunta Amador, el veterano de la cuadrilla, al que apodan el Talavante de Arganda.

―Lo ha entregado en recepción una rubia con más curvas que la carretera de mi pueblo.

―Ábrelo ―manda el maestro.

Deshace el nudo con suavidad y deja caer la cinta, después desgarra el papel dorado que envuelve la caja de cartón y la abre. Mal presagio. A todos se les ensombrece el ánimo. El maestro se acerca con el perfil endurecido, extrae con mimo como si fuera de cristal, la pieza de piel canela y blanca y la extiende encima del capote. Manda salir a su gente.

―¿Será mal nacío? Por éstas que es cosa del puto mayoral ―dice Amador ya en el pasillo llevándose a los labios los dedos índice y pulgar y retirándolos con un chasquido― Venga un cigarrillo rubio.

El que le ofrece el paquete de Winston es el mozo de espadas, Remigio Bejarano,  que aprendió el oficio de sastre y le cose los trajes al maestro y, cuando se tercia, le hace de mozo de espadas. Es el único que está perplejo porque después de abrir aquella caja se les ha quedado cara de funeral. Al tiempo que le da lumbre a Amador con su encendedor Zippo, le acerca la boca al oído en confidencia:

―Oye Amador, dame algo de hilo para pespuntear esta historia.

Amador, con la espalda sobre la pared y la rodilla flexionada, levanta la vista al techo y expele círculos de humo que se deshacen antes de llegar al estuco blanco.

―Unos días después de morir su mujer en un accidente de avión volviendo de Marruecos, se recibió una cría de gacela dama que aquella había comprado como regalo para  su hija Esmeralda  ―Amador hace un alto se lleva el cigarro a la boca y aspira profundamente―­ Ya sabes que el maestro es duro como el pedernal, pero aquel año se nos amariconó, no toreamos más de veinte corridas. ―en ese punto Amador se caló la montera y se quedó en silencio sin despegar los ojos del techo.

―Si no me das más hilo esto va a quedar más descosío que la boca de mi suegra. ―Le azuzó Remigio para sacarlo de su ensimismamiento.

―Es que es largo de contar y tú pareces una portera sonsacando ―contestó Amador― El maestro, como era el regalo de su difunta a la niña Esmeralda, le tomó mucho cariño al bicho. No te digo más que a un morlaco de casi quinientos kilos, negro bragao, le pegó un tiro y lo dejó en el sitio porque empitonó a la gacela; nada, unos rasguños.

―¿Y…? ―pregunta Remigio― Dame ya los botones para cerrar el cuento.

―Pues verás ―prosigue Amador― esta primavera, como un mes después de lo que pasó con el mayoral, la gacela desapareció y desde entonces el maestro anda de muy mal norte. Creo que llueve sobre mojao. Y es que, poco antes de desparecer el animal, el mayoral, un morenazo con buenas hechuras de San Fernando, dejó preñá a la Esmeralda y el maestro le clavó un estoque en el pie derecho. Vamos que lo dejó cojitranco. Cuentan que el zagal se llevó un buen pico por mantener cerrada la boca y desaparecer. La niña, como habrás visto en la prensa rosa, ya no tiene bulto.

Faltan tres cuartos para las siete, por fin, sale el maestro, trae el gesto avinagrado. En el hall del hotel la luz de la araña de veinte velas refleja irisaciones en su cabello castaño. La gente se arrima a los flancos y aplaude. Es un ensayo de paseíllo, cabeza erguida, mirada prendida en un punto, al fondo, y los labios apretados; ciñe el capote con el brazo izquierdo, el otro doblado como en una reverencia. Las lentejuelas refulgen en el traje tabaco y blanco. “Bravo”. “Torero”. “Guapo”.

No hay más de cinco metros desde la puerta del hotel hasta el coche, pero se gastan tres minutos en palmadas, autógrafos, fotografías, sobos y gritos adolescentes: “Olé, olé, y guapo, guapo”

―Manuel dale caña que vamos apurados de tiempo ―manda el maestro al conductor.

Una señora discute con el vendedor de la Once: “Te digo que es Morante de la Puebla que lo he visto yo”.

Dentro del Mercedes sólo se oye el rumor del motor y el siseo del aire acondicionado. A cada semáforo se achican las vísceras y las sienes palpitan con los latidos como si los cerebros fueran entes distintos de los cuerpos y respiraran. Hay muros de automóviles a ambos lados que avanzan como hormigas; más allá, en las aceras, riadas de gente bajan hacia la plaza. Los de la cuadrilla, atrás, levantan cada tanto sus muñecas para consultar la hora, inspiran hondo y aflojan los corbatines. Las bocas secas, con las lenguas buscan restos de saliva para humedecer los labios. No hay espantajo para el miedo.

El maestro viaja delante, tenso como cuerda de guitarra, muerde el capote y tiene la mirada presa en una brizna de polvo del salpicadero, sin embargo, mantiene el corazón a raya, cincuenta pulsaciones. Él sí tiene espantajo para el miedo, la ira y la rabia. Su mente viaja siete años atrás para recordar a su niña Esmeralda con aquella cría de gacela de piel marrón y blanca, a la que se le desmadejaban las patas en el suelo de mármol de la cocina, y  aquel el olor a leche de sus manos que el animal derramaba con ansia del biberón. Levanta la vista, en el coche delantero dos niñas vueltas hacia atrás le hacen gestos con la boca. La mayor se parece a Esmeralda y el cerebro se recrea en otra escena de hierba y de sol: su niña está corriendo en el prado tras la “chivita” como ella la llamaba, ambas caen y el vestido blanco de la niña se mancha de verdín.

Para entrar en la plaza otro paseíllo, fotos, sobeteos, palmadas, besos que llegan por el aire. Una chica alta, con la cara picada de acné y el cabello rubio hasta la cintura, les tira pétalos de rosa.

―Amador, que no se acerque ese hijo de puta que le meto la espada hasta el corvejón ―le susurra el maestro, al tiempo que le señala al antiguo mayoral con traje de lino blanco, que camina cojeando diez pasos por delante y les saluda tocándose el ala del sombrero.

Le han tocado en suerte el segundo y el cuarto.

A la puerta de toriles recibe al bicho cárdeno salpicado, a porta gayola. El toro sale de la oscuridad enfurecido y desorientado, entra al trapo limpiamente y la plaza se viene arriba. Saca de la caja de su magia unas serpentinas y unos revoleros ajustados y pone al animal en suerte para el caballo.

―Afloja la puya Manuel que me lo dejas sin fuelle.

Suenan los metales. Los subalternos sacan con sus capotes al toro de los pies del caballo, mientras el maestro deja su defensa para recoger un par de banderillas.

Camina de espaldas al cárdeno mirando por el rabillo del ojo. Lo cita con los brazos en alto. ¡Eh!, ¡eh!. Cuando el toro se arranca el maestro permanece quieto; antes de que se le eche encima, da media vuelta en el aire y le clava el par limpio y aseado. Los asientos se destapan y la concurrencia se desgañita con vivas y olés. Después de que el clarín ordene el cambio de tercio, la orquesta ataca el pasodoble “Suspiros de España”.

―Maestro veinte pases, no tiene más  ―le dice Amador.

En la última suerte lo humilla entrando por naturales, pero tiene que levantar la muleta para que no se hocique. De seguido le saca cinco pases de pecho que concluye con un molinete a la izquierda. Termina haciendo una revolera con el estoque y se clava en el suelo como una estatua, con el pecho adelantado y la cabeza bien alta. Hasta los del 7, resignados, aplauden su arte.

La empuñadura a la altura de la sien derecha. Silencio. El toro, acezando, con la lengua al aire. Silencio. El torero gira sobre sus pies. Alguien grita rompiendo la calma:

―    Ya podrás con el inválido.

La plaza se levanta en un pito contra el del traje de lino. El maestro ha reconocido la voz del que dejó cojitranco. Atiende al toro que se le echa encima. La parroquia obsequia al mayoral con una miscelánea de adjetivos.

Sorteado el incidente, el maestro vuelve a cuadrar al toro. Levanta la espada y se levanta de puntillas. Silencio. Da dos pasos con el cuerpo vencido hacia delante, el estoque dibuja una finta y entra limpiamente hasta la bola. El coso entero enardecido se levanta como un resorte.

Todas las manos ondean pañuelos blancos. El que preside concede las dos orejas.

―Maestro hoy sales por la puerta grande.

En la vuelta llueven botas de vino, ramos de flores, pañoletas de seda…

―Pues no va ese cabrón y tira esto, yo creo que es un cuerno de cabra. Si no lo esquivo me rompe la crisma.

―¿Quién ha sido? ―pregunta el maestro.

Amador, al quite como buen subalterno, esconde enseguida la pieza entre los pliegues del capote.

―He preguntado que quién ha sido ―grita el maestro.

―Aquél del traje de lino blanco ―confiesa otro banderillero.

El antiguo mayoral, el de San Fernando, sentado en contrabarrera, se levanta; con la mano izquierda retira el habano de la boca, y con la derecha levanta el sombrero Panamá y saluda al maestro doblándose en una reverencia.

El maestro devuelve el saludo con una sonrisa mientras se acerca a Amador y le exige la pieza. Tapa el cuerno con la muleta, al tiempo que le pasa la mano con demora como si contara los anillos. Da unos pasos hasta la barrera, se limpia el sudor de la frente con la manga de la chaquetilla y hace un aspaviento para ahuyentar las moscas. Con el mismo brazo manda bajar a su antiguo mayoral. Éste, saca el pañuelo del bolsillo exterior de la chaqueta de lino, se restriega la cara y comienza a bajar, atraviesa el callejón cojeando y se sube al estribo interior de la barrera con los labios abiertos y la cabeza erguida como el que ha ganado una guerra.

El torero se aproxima y el mayoral le espeta:

― Ea. Yo cojo y el bicho muerto. Ahora sí estamos en paz.

El maestro se arrima en confidencia y le pasa el brazo izquierdo por el cuello para que humille más la cabeza. La mano derecha dibuja un arco en el aire con el cuerno empuñado y se lo clava por la comisura del ojo izquierdo, luego hace palanca, tira hacia fuera y deja la cuenca vacía. El globo sanguinolento cae sobre un montoncito de arena, con la pupila hacia arriba, como si mirara al maestro.

J. Carlos

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