La falsa caída de los dioses

La falsa caída de los dioses

Esta madrugada la Agencia de Seguridad Nuclear Japonesa ha elevado el accidente nuclear de Fukushima a la escala 7 –la máxima, la misma gravedad que mereció hace veinticinco años el accidente de Chernóbil-.  Todavía hoy, a un mes vista del gran terremoto que devastó parte de Japón, la tierra ha vuelto a temblar en los alrededores de Fukushima con una intensidad de 6,6 en la escala de Ritcher, y con más consecuencias sobre la central nuclear: otro incendio y corte del suministro eléctrico durante una hora, lo que imposibilitó, de nuevo, la refrigeración del reactor.

Los expertos –dioses- de la energía nuclear nos convencieron de que era una energía limpia, sin riesgos y que nos liberaría de las garras del petróleo y del carbón. Era la energía con la que conseguiríamos limpiar la atmósfera y detener el efecto invernadero y el temido cambio climático. Nos lo creímos. Nos sembraron la Tierra con 442 reactores nucleares, más otros 56 en fase de construcción. Lo de Chernóbil les sirvió para ilustrar la miseria científica y la ineficiencia del sistema soviético. El otro sistema, el nuestro, era seguro, serio y responsable y estaba en su mayor parte en manos privadas, esto es, el máximo exponente de la eficiencia y de la eficacia. Todavía los dioses van predicando por ahí que lo de Fukushima fue una fatalidad, fue un terremoto seguido de tsunami tan fuerte e impredecible que acortó el día, cambió ligeramente el eje terrestre y movió las islas de Japón unos centímetros; era inevitable que la central se tambaleara un poco y se enaguara. Los dioses no nos dicen por qué tenían 6 reactores nucleares a la verita del agua con una sola toma de electricidad y unos motores diesel para bombear agua también a nivel del mar, en una de las regiones de la Tierra más proclives a sufrir fuertes terremotos debido a la falla del Pacífico.

¿Es que los dioses se han caído del guindo y hasta ahora no se han dado cuenta de que el problema principal es la refrigeración, y que debían haber quintuplicado los sistemas para evitar riesgos? No, mi caro amigo, no. Se trataba de construir la central, ordeñarla durante su vida útil y dejarla ahí como un monstruo informe para que el estado, esto es, el contribuyente- administre y pague su ponzoña venenosa los próximos veinticuatromil años. Todavía hoy me sonrojo leyendo que, después de un mes, el primer ministro japonés Naoto Kan está demandando información a la Tokio Electric Power, la empresa privada que gestiona la central. Seguimos sin saber si el núcleo de algún reactor está fundido en todo o en parte y, me temo que le asiste toda la razón al radiobiólogo del CSIC, Eduard Rodríguez-Farré, que calificó lo ocurrido en Fukushima, cuando aún se consideraba un accidente de nivel 6, como “un Chernobil a cámara lenta”. Los franceses que ya se sabe, son muy chauvinistas, tienen 58 centrales pero no se fían mucho de los dioses porque la gestión es pública, y cuando venden la electricidad a otros países les endosan la cuota parte de los residuos.

Seguirás oyendo por ahí, todavía, que es la energía más barata. Pero los adalides de los dioses de lo nuclear no te cuentan quién va a pagar las evacuaciones, recolocaciones, tierras podridas, muertes, incidencias de cánceres, alimentos contaminados, peces radiados y la pesca prohibida durante años. Pregúntales si disiparán ellos, soplando al viento, las nubes radioactivas que como pétalos de rosa alcanzan a todos los continentes. Has de saber que la catástrofe de Chernóbil produjo 500 veces más radioactividad que la primera bomba atómica -la lanzada contra Hiroshima- que tenía una potencia de 13 kilotones de TNT. Dejando 155.000 Kms2 (la tercera parte de la superficie de España) agostados por estar contaminados con cesio-137. De entre los llamados liquidadores -más de 300.000- fallecieron entre 50.000 y 100.000 de ellos y se estima que ha causado o causará la muerte indirecta de más de 500.000 personas. Se produjo la evacuación directa de 116.000 personas y se recolocaron otras 220.000. El gobierno japonés “supone” que sólo se ha escapado el 10% de la radiactividad que envenenó Chernóbil, pero ayer hubo de ampliar la zona de exclusión por emergencia nuclear, pasando de 20 a 40 kms. Hasta ahora se había evacuado a 150.000 personas, puede que la cifra se duplique.

Ayer Joseph Stiglitz en un artículo en El País, “Jugar con el planeta hacía una comparación curiosa entre la crisis nuclear de Japón, la crisis financiera y el calentamiento global. Su tesis es que “Los expertos tanto de la industria nuclear como de las finanzas nos aseguraron que la nueva tecnología había eliminado prácticamente el riesgo de una catástrofe. Los hechos demostraron que estaban equivocados: no sólo existían los riesgos, sino que sus consecuencias fueron tan grandes que eliminaron fácilmente todos los supuestos beneficios de los sistemas que los líderes de la industria promovían”.

Los expertos –dioses- de las finanzas, con Alan Greenspan a la cabeza, nos hicieron creer que en la industria financiera se acuñó, con el crisol del dinero, un conjunto de mentes privilegiadas que iban a cambiar la ingeniería del sistema para que fluyera la riqueza por doquier. Crearon instrumentos financieros como los derivados, la titulización de créditos y  los seguros contra el impago de deudas. Habían conseguido distribuir el riesgo en toda la economía. Y el virus del riesgo campó a sus anchas en el tejido económico y lo fue devorando. Pero ellos ya se lo habían llevado crudo y además, sus entidades, los bancos, no podían quebrar nunca porque son la carta mágica que sostiene el castillo de naipes. Así que acude al rescate el estado y paga el ciudadano. Como afirma Stiglitz: “Un sistema que socializa las pérdidas y privatiza las ganancias está condenado a gestionar mal el riesgo”.

La realidad es más pedestre, delincuencial diría yo, si me lo permites. Estos dioses de las finanzas, utilizaron las Agencias de Rating, a quienes pagan por sus servicios para calificar como excelente los instrumentos financieros que compramos. Algo así como si un experto que paga el pescadero tuviera que calificar el pescado para vendértelo, y te calificara los peces podridos como excelentes. Y tragamos. Esas mismas Agencias que ayer calificaron de triple A los títulos de las hipotecas subprime, hoy siguen calificando a empresas y a países, incluida España.

Siguen los mismos bancos que te engañaron o, incluso, se dejaron engañar por otros más avispados, los mismos gestores que inocularon el virus del riesgo a todo el tejido económico y que no supieron gestionar el de sus entidades, las mismas agencias de Rating que mintieron descaradamente. Siguen los préstamos a empresas sin solvencia, mientras se cierra el crédito a la economía real, se sigue jugando a la baja en bolsa con acciones prestadas, hay operaciones no reguladas de oscuros derivados. Item más, se han incrementado los incentivos por objetivos que fomentan el resultado a corto y la excesiva toma de riesgos.

Y esos dioses de barro siguen en el Olimpo del dinero y del Poder. Ha-Joon Chang, economista surcoreano y profesor en Cambridge, rebatía a quienes desde la City de Londres abogaban porque el pago de altos bonos era esencial para que no se fugaran los talentos, ¿Y adónde se van a ir esos ejecutivos? (…) esos banqueros han sido los responsables de décadas de actividades financieras socialmente improductivas, así que perder a tan formidables especialistas tampoco debería ser una tragedia.”

Habría que añadir a los economistas que desde sus cátedras universitarias y sus seminarios alababan a estos dioses hasta el empalago; ahora sabemos que muchos de ellos estaban en nóminas en sus empresas y bancos. A los políticos que suprimieron la regulación de la mayor parte de las operaciones de riesgo letal –ya exigua de por sí- para que estos dioses pudieran desplegar su talento y atracar con sordina nuestros bolsillos durante los próximos decenios. A los profesores de las Escuelas de Negocio más ilustres que los prepararon para depredar, del mismo modo que los Neardentales en las cuevas instruían a sus hijos para salir fuera, a la selva.

Hubiese querido titular hoy, La caída de los dioses, pero ya intuyes que no es posible. Siguen campando por sus fueros.

J. Carlos

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