Sepelio

SEPELIO

Cuando llego a las cuadras de la quinta El Soto hay mucho revuelo, la servidumbre acarrea palanganas de agua caliente, botes de Betadine, frascos de alcohol y vendas para taponarle la herida al caballo tordo del Sr. Marqués, que agoniza en medio del pasillo.

―Si la herida es mortal, que no sufra –me ordena el Marqués.

Procedo a remangarme al tiempo que hace su entrada Eulalia, la Sra. Marquesa, con un termo de té en las manos. Se acerca compungida y me estampa dos besos sonoros en las mejillas.

―¿Sabes? ―dice― han querido matar al Marqués. Salió a montar y… ―solloza― Menos mal, menos mal que sólo le han dado al caballo.

―Eulalia, ¡por Dios!, deja que atienda primero al animal ―le recrimina el Sr. Marqués.

El caballo todavía resopla por los ollares e intenta en vano erguir la cabeza. La bala ha penetrado por la punta del pecho y ha perdido mucha sangre, así que, me limito, en cumplimiento del juramento hipocrático veterinario, a inyectarle una fuerte dosis de morfina para que se apague sin dolor.

―Ya es fuerte el jamelgo para haber caminado casi dos leguas desangrándose ―le confieso al Marqués, que asiente agradecido.

Han puesto sobre el cuerpo del caballo la manta de paseo y el Sr. Marqués se ha quitado su pelliza y la ha colocado debajo de la cabeza. Después permanece agachado, en silencio, acariciando las crines blancas y, cuando todo termina, no le tiene que bajar los párpados porque el propio animal le ha ahorrado ese último gesto.

Eulalia, la marquesa, se acerca y llora en mi hombro, haciéndome cosquillas con su pelo, aprovecha la distancia del marqués y me susurra al oído:

―¿Cómo pudiste fallar?, ¡por Dios! ―y sigue gimoteando.

―No lo sé Eulalia―le confieso entre dientes, sin abrir los labios― Será la graduación de la mira.

Llega la pareja de la Guardia Civil, el Cabo hace un aparte con el Marqués. Luego se dirige a la servidumbre:

―Permanezcan todos en la casa, les iremos llamando para interrogarles en la cocina.

Ha sido escuchar esas palabras y darme una punzada el estómago, igual que cuando entro en la quinta y paso por debajo de los blasones, que no puedo dejar de pensar en todos los señores que durante siglos fueron dueños de vidas y haciendas.

El Sr. Marqués ordena que se hagan los preparativos para el entierro, quiere una carroza fúnebre tirada por seis corceles negros, y que se le dé sepultura en el teso de los Gavilanes.

―Que descanse viendo todo el campo que recorrió en vida, hasta el horizonte ―remata. Y sigue impartiendo instrucciones acerca de pedirle al Sr. cura que las campanas doblen durante el largo trayecto, y que se comunique a los vecinos y arrendatarios el lugar y hora de la inhumación.

Antes de abandonar la quinta, busco al Cabo en la cocina para entregarle la bala que he extraído del caballo. En el pasillo está la servidumbre, con el recelo reflejado en sus caras, esperando que les tomen declaración. Chasqueo la lengua en un gesto de enojo ante este servilismo macerado en miedos inmemoriales.

A las cinco en punto se pone en marcha la comitiva, con la ausencia del Sr. cura, que ha manifestado su solidaridad por el atentado del Sr. Marqués, pero considera un despropósito este sepelio. En la carroza funeraria no cabe el cuerpo entero del caballo, le han tenido que atar las patas y, por detrás, sobresalen los cuartos traseros y la cola que cae hasta el suelo envuelta en crespones negros.

Encabeza el duelo el Sr. Marqués con levita y pantalones negros, camina con las rodillas juntas, los pies hacia afuera y el cuerpo dando bandazos. Le flanquean dos muchachos vestidos de monaguillo, con sendas campanillas que hacen doblar simulando el toque de muertos. Tres pasos por detrás, su señora, Dña. Eulalia, con un vestido de tul bordado en rosa y zafiro; marcha de mi brazo y lleva en el otro a su perro pequinés de ojos saltones, muy oscuros. Nos siguen, como a diez pasos, las dos familias que trabajan en la finca y alguna gente curiosa del pueblo. Al llegar a la altura de la Iglesia, el Sr. Marqués manda parar al cochero, pide la escopeta de caza al mayoral y dispara a las campanas de la torre, un cartucho a cada una, con cinco segundos de diferencia: tin…, tan… Las mujeres se santiguan atónitas y los hombres se dividen en dos bandos, los que alaban la conducta del Sr. Marqués por negarse el cura a que toquen las campanas, y los que consideran el hecho como un disparate.

―Ves como está loco ―me dice Eulalia, aprovechando el fragor de los tiros y metiendo su cara en mi cuello como si se refugiara del estruendo.

El perro pequinés, inquieto, se escapa del regazo de Eulalia y ladra a las campanas, luego juega a morder la pernera de mi pantalón y se cuelga. Le tengo que meter los dedos en la boca para que se suelte.

Eulalia lo acaricia y lo vuelve a acunar en sus brazos.

―¿Ves? ―me dice― te quiere tanto como yo.

―Chiiist, más bajo ―le replico al tiempo que vuelvo la cabeza para medir la distancia de los que nos siguen― Me quiere tanto que va a terminar delatándonos.

Al llegar a la cima de los Gavilanes, el cochero detiene el tiro al lado del hoyo preparado para la sepultura y los caballos empiezan a piafar levantando polvo de la tierra seca. No llueve desde hace meses. Un tractorista con su máquina y su pala espera, sudoroso y polvoriento, a que bajen el cadáver para volver a cubrir el hoyo. El perro pequinés de Eulalia se zafa de nuevo de sus brazos y corretea alrededor de la tumba, ladrando furioso; luego viene hacia mí, se mete entre mis piernas y vuelve a morderme las perneras del pantalón. El Sr. Marqués me mira ceñudo.

Se pone en marcha la máquina y apalea la tierra para tapar la tumba. Eulalia me pide el pañuelo y lo pone en su boca para sofocar el polvo. Tose. Aprovecho el ruido del tractor, me vuelvo hacia ella y le digo:

―Este perro tuyo nos va a delatar, el Marqués sospecha algo.

Ella se quita el pañuelo de la boca, esboza una sonrisa y musita poniendo los labios en círculo:

―Con lo que te quiere el chucho.

El Sr. Marqués permanece quieto, con los brazos caídos, mientras la levita se cubre de un polvo blanquecino; sólo mueve las manos de tanto en tanto, para quitarse las hojas muertas que el viento arrastra desde el robledal. Cuando el tractor acarrea la última paletada, el Sr. Marqués con voz áspera da las gracias a todos y el duelo se disuelve.

El pequinés ha dejado por fin de ladrar, sigue entre mis pies, escondido del polvo. Han traído dos monturas, sostiene sus riendas el mayoral a la espera de que los marqueses monten. Uno de los caballos relincha. El Sr. Marqués se acerca a despedirme y me da la mano, baja la vista no sé si al perro o la pernera rota de mis pantalones, y antes de irse hacia el caballo, me espeta:

―Pues sí que te ha cogido cariño el bicho.

A Eulalia le está ayudando a subir a la grupa el mayoral. Aprovecho para coger de entre mis piernas al pequinés, saco del bolsillo de la chaqueta un envoltorio, en forma de caramelo, y se lo meto en la boca. Tengo que utilizar dos dedos para lograr que lo trague hasta que le dan arcadas. Le tapo el hocico con dificultad porque es muy chato.

Me acerco hasta la montura de la Sra. Marquesa para despedirla, monta sentada a mujeriegas, le entrego al pequinés y le pongo las manos en las caderas para que pueda doblarse un poco sobre la silla del caballo y darle dos besos. Me demoro en la maniobra para decirle:

―No sufrirá, mi amor. Antes de enterrarlo sácale los higadillos, hazlo con guantes, son el depósito del veneno. Al Marqués le gustan encebollados.

Retira la cara antes de que le llegue el segundo beso y espolea al penco. Cuando arranca frunce la boca en una mueca de dolor y se le queda la mirada sin su brillo azul, emborronada por las lágrimas.

J. Carlos

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