Lenguaje

Lenguaje

Cada sociedad tiene su cara y su cruz. La cruz de los españolitos es pesada, aunque en los últimas tres décadas hemos aligerado mucho su carga, y no me estoy refiriendo sólo a la calidad de vida, que también, sino a esas actitudes en que la educación cívica y la general embarrancan contra los farallones del sentido común. Te coseré algunos botones de muestra: Apuesto a que somos el país con mayor gasto en papeleras urbanas per cápita y, de consuno, las calles siguen sembradas de papeles, plásticos y otras excrecencias que prefiero no detallar y que incluyen deposiciones de animales domésticos. En los bares ya hace años que se decretó el uso de estos elementos que cuelgan de las barras, aún así los suelos rebosan de basura orgánica e inorgánica, y menos mal que ya se desterró el humo del tabaco. Al patrimonio público, a lo que es de todos, lo despreciamos, lo manchamos y lo agredimos como si fuera nuestro enemigo, tanto da que sea el portal del edificio en que vivimos, el jardín público, la playa, una biblioteca o un monumento histórico. El nivel de nuestra voz y el griterío de nuestras manifestaciones fiesteras, es francamente insoportable, suele amedrentar a los miembros de otras sociedades que utilizan varios tonos por debajo, y los decibelios siempre conjugan mal con las personas que tratan de descansar, leer o, simplemente, escuchar el silencio. Resulta singular el grado de estulticia con que rendimos pleitesía a los que más insultan, a los que más gritan e improperan, a los que defraudan, a los que vejan al prójimo, a los jefes que intimidan. Vivimos en el reino del tocomocho, la corrupción campa por sus respetos y el pelotazo es un signo del capitalismo que nos invade; no en vano tenemos la patente de la picaresca, aunque no escarmentamos y caemos en ella permanentemente, o sea la codicia: Sofico, Banesto, Ava, Gescartera, Afinsa, Forum filatélico, Nueva Rumasa, y un larguísimo etc. Nos hemos convertido en pedigüeños para con el papá estado, que me coloque, me dé una vivienda, me subsidie si pierdo el trabajo, atienda mis enfermedades e infortunios y, si me arriesgo y me aventuro, exijo también que me rescate. Y claro, la envidia: españolito que naces al mundo, te guarde Dios, no digas nunca que te va bien, enfadarás a tus enemigos y provocarás una oleada hipócrita de nuevos amigos.

Con todo, el patrimonio público que más denostamos es el de nuestra propia lengua y de eso quería escribirte en esta ocasión. Convendrás conmigo que es patético escuchar al españolito cuando un reportero de la televisión le acerca un micrófono a la boca, demuestra una incapacidad supina para expresarse, no puede hilar dos oraciones seguidas con sujeto, verbo y predicado, y componer una subordinada es ya una obra de arte. He comparado esos balbuceos idiomáticos con la expresión clara, rica y espontánea de las respuestas de personas que, desde el otro lado del Atlántico, nos cuentan con rigor y con las palabras precisas la catástrofe natural que acaban de sufrir. La asimetría entre la penuria de un lenguaje y la riqueza del otro es patente, pareciera que hablaramos lenguas distintas. Son muchas las causas:

1.-El peso curricular de la lengua es mínimo y se lee muy poco, en su consecuencia, el grado de comprensión de las ideas es muy limitado. ¿Cómo se va a discurrir, esto es, correr tras las ideas? ¿Cómo se van a exponer los pensamientos de cada quien? ¿Cómo se va a redactar con un mínimo de rigor?

2.-No se forma la capacidad lectora desde pequeño, ni se cultiva más tarde la lectura ni la oratoria como elementos básicos de la educación. Así los discursos de nuestros próceres políticos, económicos e, incluso, científicos, son míseros en lenguaje, lo que induce también a la miseria de su contenido.

3.-Los alumnos llegan a la Universidad con un lenguaje paupérrimo en palabras, incapaces de desarrollar un tema con más de diez frases, llenas de anglicismos y lugares comunes y, encima, con faltas de ortografía.

4.-La cacharrería electrónica lejos de suponer un acicate para la comunicación escrita u oral, se han convertido por mor de la velocidad en que vivimos y por las limitaciones espaciales –como el sms o el twitter-, en elementos dañinos para la correcta utilización del lenguaje. Uno de los programas informáticos que más empobrece el lenguaje y, curiosamente, más utilizan los directivos de empresa para enmascarar su desconocimiento del idioma es el Power Point. Cuatro eslóganes por página, mucha flechita y mucho colorido para suplir la vacuidad intelectual y de ideas.

5.- La sustitución del esfuerzo en imaginación, en pensamiento y reflexión que exije un buen libro, por el laissez fair de la imagen que lo da todo hecho sin desgaste neuronal alguno.

6.- Los anglicismos facilones que proliferan en boca de los indolentes y que, tristemente, son tan bien recibidos, sobre todo en ámbitos económicos y mediáticos, están sustituyendo la riqueza y variedad de nuestro idioma. No será la primera vez que a algún estúpido pagado de sí mismo le he tenido que recordar que, por cada anglicismo que utiliza hay más de cinco términos cabales en nuestro Castellano.

Lo de menos es que destrocemos gramaticalmente el idioma, nuestro patrimonio común, lo peor es que tiramos por la borda palabras que nos permiten comunicarnos con los demás, hacerles partícipes de nuestras ideas, de nuestros sentimientos; perdemos las acepciones de cada término que, en ocasiones son tan sutiles que cambian su significado por adornarlo con uno u otro gesto; se pierden las metáforas, los símbolos y las parábolas que se entraman por el lenguaje para escalar por encima de las palabras y llegar a la cima del pensamiento y de la emoción; se pierden los significados y los sinónimos con lo que se empequeñece el mundo y se desdibuja la cultura que nos transmitieron nuestros antepasados. Sí, estamos tirando por la borda los mecanismos esenciales con los que construimos la realidad. Recordemos que, la especie se puso en pie gracias a la herramienta del lenguaje que nos liberó las manos para poder trabajar, nos hizo animales sociales al permitirnos debatir con el otro, ser partícipes de sus ideas, señalar objetivos comunes, aprender del prójimo, incluso de los que ya no están, formular a priori disquisiciones sobre el futuro. En suma, la palabra y el lenguaje han modelado nuestro cerebro, nuestra forma de pensar y ha resultado crucial en nuestra supervivencia y nuestro progreso. Los lingüistas Edward Sapir y Benjamín Lee Whorf propusieron la hipótesis, allá por los años treinta del pasado siglo, de que los hablantes de idiomas diferentes tendrían capacidades cognitivas distintas, es decir, que se distinguiesen en su forma de pensar.  Hipótesis que en su tiempo se desechó, pero que investigaciones recientes han puesto en valor y refrendado experimentalmente. Lera Boroditsky de la Universidad de Stanford se encontraba en  Pormpuraaw, en Asutralia, le pidió a una niña de 5 años que le señalase el norte, lo hizo con exactitud y sin dudar; de regreso en Stanford les pidió a las autoridades académicas que cerraran los ojos y señalasen el norte, fueron incapaces. Ha repetido la experiencia en multitud de ocasiones entre científicos con el mismo resultado. La lengua kuuk thaayorre que se habla en Pormpuraaw no utiliza los términos espaciales derecha o izquierda, sino los puntos cardinales, así se dice “el joven que está al sur de María es mi hermano”, por lo que es preciso estar siempre orientado para poder hablar en esa lengua. En 1983 Alexander Guiora, de la Universidad de Michigan, comparó tres grupos de niños cuyo idioma materno era el hebreo, el inglés y el finés. El hebreo marca el género, en el finés no existe distinción y el inglés se sitúa entre ambos. La profesora descubrió que los niños que se criaban en un ambiente hebreo averiguaban su sexo un año antes que los fineses, mientras que los ingleses lo hacían a un tiempo intermedio. Parece, pues, que las categorías y distinciones de cada idioma son esenciales en nuestra vida mental y que el lenguaje desempeña una función causal en los procesos cognitivos; de hecho, se ha comprobado que al variar la forma en que hablamos de algo, se modifica nuestro modo de percibirlo; si se enseña a alguien nuevas voces para describir los matices de un color, aumenta su capacidad para distinguirlos; si se le inicia en el aprendizaje de otras formas de hablar sobre el tiempo cronológico, la persona aprende a pensar en él de maneras diferentes. Como dice la profesora Boroditsky: “Cada lenguaje dispone de su propio conjunto de recursos cognitivos y encierra el conocimiento y la visión de la realidad que cada cultura ha ido desarrollando a lo largo de milenios. Cada idioma contiene una forma de percibir, categorizar y dar sentido al mundo; una guía de valor incalculable afinada por nuestros antepasados”

Pues bien, los españolitos hemos heredado un idioma universal, el idioma de Cervantes, que hablan casi quinientos millones de personas en todo el mundo. Un patrimonio cultural, y también económico, incalculable. Cuidémoslo. Nos va en ello nuestro modo de pensar, nuestro modo de ser y nuestro modo de sentir.

J. Carlos

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