Periódicos

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Hubo un tiempo en que los diarios eran la sal de mi tierra y me ocupaban media hora al día, me administraban la dosis precisa de oxígeno y de Oxitocina para mis neuronas. En aquel entonces el papel recién entintado olía a libertad y, cuando desplegabas sus páginas, sentías que se abrían las hojas de una ventana que daba al mundo. Lo tenías a una distancia de veinte centímetros, con la sensación de abarcar todo lo conocido desde el abanico de sus páginas. Ese conocimiento y esos acontecimientos los descubrían y describían mentes ágiles, ingeniosas, despiertas, que trenzaban las palabras como si te contaran una historia o un cuento al calor de la lumbre. Firmas cultivadas que trabajaban su artículo y lo documentaban para hacer su obra maestra, con la misma dedicación y el mismo arte que el ebanista trabajaba cada escritorio, como si fuera único. Editoriales que constituían perlas cultivadas con el aderezo de la inteligencia y engastadas en una prosa exquisita. Entrevistas con criterio, en las que se apreciaba el trabajo de preparación previa, la conversación larga y reposada, la fina labor de montaje del material que al final iba a ser impreso y publicado. He llegado a guardar montoneras de periódicos clasificadas por meses porque me parecía un sin dios envolver el bocadillo con esas pequeñas obras de arte o, más triste aún, deshacerme de la gavilla de páginas diarias tirándolas a una papelera para que murieran emborronadas con aceites de latas de conservas, o asfixiadas entre moqueros de papel y bolsas de plexiglás. He visto palidecer y amarillear esos montones y, de tarde en tarde, mucho antes de que con internet estuvieran a un clic, he buscado algún artículo concreto para citarlo o para documentarme sobre algún asunto perentorio. Era digno de ver, cogiendo a brazadas los periódicos de la pila, depositando cada brazada en el suelo y por orden, hasta que dabas con la fecha; luego, una vez que arrancabas del diario la página en cuestión, vuelta a componer la hilada de periódicos, cuidando de su simetría para que siguiera guardando la vertical. Las sucesivas transiciones que tiene la vida obligan a mudanzas de todo tipo, también físicas, entonces aprovechabas para tirar el lastre por la borda y decidías que, aquellos montones de papel amarilleado y polvoriento, como sofocado de soles, era un lastre y así, poco a poco, fueron despareciendo de tus espacios.

Más tarde, sea porque la vida se aceleró y el mundo se hizo chiquito informativamente hablando –una aldea global lo bautizó Mc Luhan-, o por los intereses económicos y políticos o, vaya usted a saber por qué razones; los periódicos se fueron atrincherando y aunque engordaron en páginas y en demagogia, decrecieron en ingenio, en serenidad y en sabiduría. Se amoldaron a lo que presuponían que sus lectores querían leer y crearon un lenguaje artificial donde sólo cabían lo que estimaban, desde su trinchera, que era políticamente correcto o, alardeaban tipográficamente de aquellas informaciones que bendecían las excelencias de sus amos y esquinaban o, sencillamente, ignoraban las que podían suponer un revés para los intereses de aquellos. Fue por entonces que puse en práctica mi huelga particular y dejé de financiarlos seis días a la semana, sólo compro el periódico los domingos.

Es verdad que continúe, durante un tiempo, dedicando media hora diaria a leer los diarios que me proporcionaba la empresa a la que prestaba mis servicios, pero ya no constituían la sal de mi tierra, ni me oxigenaban las neuronas; además, no sólo no me proporcionaban mi dosis de Oxitocina, al contrario, me generaban un malestar que se iba constituyendo en un cabreo permanente. Así que la media hora fue menguando y menguando, hasta reducirse al minuto que gastaba en echar un vistazo a los titulares.

Con la llegada de internet se hizo obligado dar un paseo matutino por las distintas cabeceras, para descubrir con horror que no hay artículos de fondo, ni reflexiones, ni análisis, ni información, ni sabiduría, ni prosa exquisita, ni na de na. Es un campo de batalla donde cada cual se atrinchera y dispara. Hay más disciplina entre sus huestes que en el ejército chino; cualquier información, cualquier artículo, hasta la publicidad está alineado contra el enemigo. Y tú, desprevenido, saltas de una mancheta a otra con terror: ¿Cuál será el objetivo a batir?, ¿me sorprendrán hoy entre dos fuegos? Hay campos minados por doquier; allá un artículo dispara con lanzagrandas; la fotografía del enemigo es un golpe bajo con puño americano; aquella información contiene varias cargas de profundidad; este editorial esconde un bombardero; aquel contiene varias subordinadas como carros de combate; ese dispara las frases con misiles antiaéreos; el de más acá lanza granadas de mortero desde la primera oración; y cualquiera te sorprende con una entrevista al amigo dentro de un alambique meloso y hagiográfico.

Te digo que antes de adentrarme en esa selva me pertrecho con chaleco antibalas y casco reglamentario. Es incómodo, lo sé, pero no hay más remedio. Aún así, siempre te alcanza un trozo de metralla; a veces, apenas te roza llamándote gilipollas porque votas a unos u otros, otras te rasga un poco la piel cuando te dicen descerebrado porque estás a favor o en contra de la energía nuclear; pero en ocasiones te penetra la metralla, te punza y te quema si te llaman terrorista, mal nacido o hijoputa por cualquier menudencia como acudir a una manifestación. Tiene sus ventajas también, no creas, no te oxigena las neuronas, ni te riega el cerebro con Oxitocina, pero te da un chute de adrenalina que, cuando cierras la ventana del Firefox sales embravado como un toro que salta a la plaza. Eso sí, con un cabreo del siete. Masoquista que es uno. Desde aquí aconsejo a mis enemigos que se den un paseo matinal por las cabeceras de los diarios. ¿A qué jode?

El domingo sigo con mi manía de comprar el periódico de papel, me pertrecho con un café caliente y unos churros en un velador del Lira y subrayo, todavía subrayo, con un bolígrafo de tinta azul. Es para defenderme. Los parroquianos me miran como a un extraterrestre porque entre párrafo y párrafo esbozo una sonrisa y, te confieso que, a veces, me salta la carcajada. Ignoran que en el bolso llevo un frasco de hormonas de Oxitocina. Shss. No se lo digas a nadie, en estas batallas se me van como dos horas. Así cualquiera.

J. Carlos

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