Uno de Noviembre

Uno de noviembre

A Eloísa le cuesta subir el último repecho del sendero, va cargada con dos bolsas, en una lleva los crisantemos y en la otra la jofaina y la esponja. El sendero es estrecho y está muy concurrido, ha de ladearse constantemente. A diez pasos está Ginés.

La tumba de Ginés Marchante Ruíz (1949―2008), linda con la tapia norte del cementerio de San Carlos Borromeo. Es de mármol negro pulido. La cruz romana tiene un rostro de bronce de Cristo doliente y en su basamento una inscripción: Tu esposa.

Eloísa se acerca a la cruz y estampa un largo beso en el rostro del Cristo antes de depositar las bolsas sobre el mármol. Mira a ambos lados y se cerciora de que todavía las tumbas colindantes no tienen deudos.

―Buenos días Ginés. No te quejarás, hace un sol de primavera y el cielo tiene ese color turquesa, como mis ojos, que te gustaba tanto. Mi gata siamesa me decías cuando te ponías tierno.

Saca la jofaina, empapa la esponja en el agua y lava metódicamente la superficie de la cruz. Mira a ambos lados, no hay nadie cerca, prosigue:

―Hace trece meses ya ―suspira― Los paseos del brazo cada tarde, los cafés en el Novelty, el vaso de whisky que te llevaba al despacho cada noche a cambio de un beso. Y… la cama, también me acuerdo de la cama, tonto.

Con un trapo de algodón blanco saca brillo a la lápida hasta verse reflejados sus ojos turquesa, sus pómulos salientes, su nariz ganchuda y su boca pequeña.

―Te he traído crisantemos. En mi cumpleaños, Julia y Lola me regalaron orquídeas y me llevaron a cenar a un restaurante de maricones que luego bailan y se desnudan. Al final, un bailarín negro ―marica ¡eh!― me sacó el sujetador. Nos reímos, pero después sola, en la cama, me harté de llorar.

Coge entre el índice y el pulgar el tallo de cada crisantemo, con mimo, como si fuera de porcelana, y lo planta en el macetero.

―He traído trece, son los meses que me faltas. ¿Sabes?, me he inspirado en uno de aquellos poemas que me leías cada noche de ese amigo tuyo que te escribía desde el extranjero.

Recoge los pétalos sueltos y los pone dentro del macetero. Quedan unos grumos de tierra caídos sobre la losa al plantar los crisantemos. Pasa la esponja para limpiarlos pero se ha quedado sin agua.

―Ginés, me voy a la fuente. Ahora vuelvo. Iba a añadir: espérame. ¡Qué tonta¡ Es la costumbre.

―¡Ah! Que sepas que he regalado la cornamenta que tanto detestabas. Me dio pena. Me recordaba aquel cuento precioso de una familia de ciervos. Por cierto, he puesto toda la casa patas arriba y no he encontrado la dirección de tu amigo, el del extranjero, para enviarle tu recordatorio.

La fuente está en un cruce de caminos, muy cerca del mausoleo de un indiano que tiene gárgolas y escudos. Hay una cola larga, personas sin sonrisas que llevan en sus manos baldes y botellas de plástico. Una señora voluminosa, de mediana edad, viene con un cubo lleno de agua, se queda mirando la jofaina tan chiquita y le ofrece:

―¡Ande! No gaste media hora por medio litro de agua.

―Gracias ―contesta Eloísa. Y la señora llena la jofaina.

Inicia el ascenso despacio. Hay una procesión de deudos que se mueve por los senderos en todas las direcciones. Hablan a media voz. Antes de tomar el atajo a la izquierda, ya cerca de la tapia norte, para en seco y frunce el ceño aturdida. La tumba de Ginés está rodeada de gente. Se agazapa tras una lápida que tiene esculpido un ángel en relieve. Observa el grupo de chicos y chicas cogidos de la mano formando una “u” que rodea la sepultura. Ahora, además de los crisantemos, está adornada con azaleas, petunias y un gran ramo de magnolias. El chico del centro, con la cara pecosa y el pelo rojo, recita en voz alta un poema:

―Las palabras son tan estériles para decirte lo que siento, que si te tuviera delante trazaría garabatos en el viento…

Eloísa escucha el poema con los ojos muy abiertos y los labios formando un óvalo. Mueve la lengua al ritmo de las sílabas. Lo conoce de memoria. Terminado el poema, se desanudan las manos. Los chicos se doblan en una reverencia y, en silencio, empiezan a desfilar hacia el sendero.

Desde su escondite, Eloísa les ve perderse entre un hormigueo de gente y con gesto de perplejidad se incorpora, luego avanza, despacio, la espalda cargada, los hombros caídos, el labio inferior trémulo. El viento ondea ligeramente su cabello.

―Ginés, ¿quiénes son esos chicos? ―pregunta con los ojos fijos en el Cristo doliente.

Dobla el cuerpo para recomponer el ramo de magnolias y descubre a los pies de la cruz un rótulo de metacrilato con las letras esculpidas por dentro, en relieve: Tus lectores. Al autor de la Web Garabatos. Se le abren los ojos desmesuradamente, se mesa la melena y la coloca con los índices detrás de las orejas

―¿Qué es esto Ginés? ―solloza― Treinta y cinco años juntos. No puede ser. Tú trabajabas en la Caja de Ahorros. Sólo escribías cartas por las tardes para tu amigo, el del extranjero.

Los deudos de las tumbas cercanas la oyen compasivos, se hacen gestos de complicidad frunciendo la boca y moviendo ligeramente a un lado la cabeza, diciéndose sin palabras que el dolor enloquece.

―Treinta y cinco años. ―Grita mirando al cielo, al único jirón de nubes blancas.

Se sienta en el mármol aplastando las petunias. Hunde la barbilla en el pecho que sube y baja al ritmo sincopado de los hipidos. Sus labios bisbisean los versos del poema que Ginés le leyó la última tarde de su vida: Ojos de gata.

En las tumbas cercanas se han acabado los padrenuestros. Eloisa ya respira sosegada. Se levanta, moja la esponja en el agua y la restriega con fuerza sobre el rostro del Cristo doliente.

J. Carlos

Este cuento está publicado en el libro colectivo: Al encuentro de todo (Antología de literatura breve). Editado por la Escuela de escritores en 2011.

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