Universidad

UNIVERSIDAD

No estaba la tarde para escribir. Estaba pidiéndome a gritos que me bebiera el aire que ya huele a primavera. Estaba tentándome para que contemplara los últimos estertores del invierno en esa batalla incruenta con que ha terminado imponiéndose el sol con su cordura. Estaba exigiéndome que me echara a la calle y me arrimara a los almendros en flor para distinguir las primeras hojas, antes de que terminen doblegando a los pétalos blancos con matices de carmín. Estaba la tarde en sazón para vivirla y, encima, se me puso a tiro. Tenía que ir a Barajas a buscar al amigo Jaime Ríos que llevaba una decena de horas viajando contra el sol y, como buen anfitrión, me lo llevé a la ciudad Complutense donde dimos cumplida cuenta de un potaje de vigilia y otras viandas. Pero lo que quería contarte es que al buen doctor le giré visita obligada a la Universidad de Alcalá. Ya sabes, con guía de los que profusa explicaciones: De la historia complutense, de los jardines de la plaza de San Diego presididos por la estatua del Cardenal Cisneros, de la arquitectura renacentista de la fachada, del estilo herreriano del claustro, del paraninfo y su artesonado mudéjar. El guía, un estudiante de Historia, salpimentaba el discurso con amenas intrahistorias que te traigo a colación porque son lecciones que hoy hemos olvidado. Son como esos espejos que Eduardo Galeano acumula en Una Historia casi universal: episodios contados -dice el autor- “desde el punto de vista de los que no han salido en la foto”.

Contaba el estudiante de Historia que existió en la Universidad alcalaína la figura del Continuo, y lo describía como aquel muchacho que no tenía posibles para pagar el estudio, la residencia y el sustento, por lo que se veía obligado, para alimentar su instrucción, a realizar trabajos manuales o administrativos para la propia Universidad, o prestaba servicios varios a los estudiantes acaudalados. De entre estos servicios se daba como el más común el denominado: Calentar el asiento, tarea que consistía en acudir a las clases del estudiante servido y permanecer empollando en su asiento hasta que el servido tuviera a bien acudir. Por lo general esos empollones, de tanto escuchar la matraca de las clases, terminaban sabiendo más que los estudiantes acaudalados a quienes servían.

Me pregunto: ¿Por qué no volvemos al viejo sistema? Sabemos que hay más de cuatro millones de parados y, al menos, otros tantos que se pasan muchas horas calentando el asiento en sus puestos de trabajo. Alemania ya lo ha hecho, en muchas empresas se han bajado el salario y la jornada… Y no han despedido a nadie.

Era sólo una idea.

Otra de las perlas que nos contaba el buen guía era la de que para doctorarse se exigía pasar un examen oral en latín y griego. Había que subirse a la cátedra o tribuna de oradores y responder a cada una de las preguntas de los treinta profesores que presidían el aula magna. Si se fallaba en una sola de las preguntas se suspendía el examen. Además, el aspirante a doctor, estaba flanqueado por dos personajes, el de la derecha hacía de ángel de la guarda y procuraba por el doctorando, mientras que el de la izquierda ejercía de abogado del diablo y dificultaba la labor de aquel cuanto podía. El público también podía ensañarse o aplaudir al aspirante, sólo tenía prohibido lanzarle objetos, pero sí podía asaetearle con insultos y vituperios. De los trescientos que lo intentaron durante los tres siglos que median del 1508 al 1836, apenas una treintena lo logró. Oye, igualito que ahora, con una Facultad en cada aldea, mediocre y pueblerina, cuyo sentido de universal no llega más allá de las fronteras mentales de la Comunidad Autónoma a que pertenezca, donde se puede suspender ad nauseam y cuyo título acredita la miseria intelectual de la fábrica de los idem. ¡Ah!, y en la lengua que se habla en el corralito.

Por cierto, María Isidra de Guzmán y de la Cerda fue la única mujer que pudo aspirar al doctorando, por ser hija de quien era, y a los 17 años fue aprobada doctora después del examen de rigor en cuatro idiomas: Latín, griego, francés e italiano. Lo comento para dejar constancia de que superdotados siempre hubo, aunque los referentes del sexo femenino no han eclosionado hasta ahora, cuando las oportunidades en educación empiezan a igualarse entre sexos. Oye, y entre razas, mal que les pese a los puros de sangre, que no de corazón.

Nos contó más: Los que aprobaban el doctorado salían a hombros desde el patio, cruzando la puerta de madera que desemboca en una pequeña calle afluente a la plaza mayor, donde daba comienzo una fiesta que duraba, al menos, un día y cuyo coste corría a cargo del nuevo doctor. Aquellos que no pasaban el examen, cruzaban por la puerta situada en la pared opuesta y recibían en sus trajes pardos los salivazos de los concurrentes, hasta que quedaban cubiertos como en una nevada copiosa, y después eran manteados. De ahí el dicho común: Ser un manta. Actualmente la RAE regula que debe decirse: Me han suspendido y, consiguientemente, está mal decir: He suspendido. Dulcificando el lenguaje para hacerlo políticamente correcto. Y así todo…, o sea, mantas.

También tenía la Complutense su propio régimen penal y su prisión. La sombra de sus rejas contempló a Lope de Vega, acaso por mujeriego; también a Ignacio de Loyola por vestir como pordiosero, o tal vez porque sus ideas quebraban la ortodoxia, a saber. Hoy, levantar la voz a un estudiante es coquetear con la falta o el delito.

En eso que se fue la tarde incendiando la línea del horizonte. Nos pilló sentados en un banco entre un Sancho y un Quijote, junto a la Casa de Cervantes. Al doctor Jaime Ríos le acusaban los párpados del cansancio de volar contra el sol, por eso creo que no me oyó cuando le espeté a Sancho: A ti te mantearon también ¡eh!. Luego pensé en algunos personajes de la casta política, periodística y financiera. Y en trajes pardos, en salivazos y en mantas.

J. Carlos

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Una respuesta a “Universidad

  1. Me ha encantado. ¡Jo! ¡Qué tío! Ahora que sé dónde está la bitácora del escritor la visitaré muy amenudo. Y para colmo Alcalá de Henares. ¿Te acuerdas de lo que proyectamos hace poco? ¡Ojalá que se cumpla!
    Hasta dentro de muy poco
    Julita

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