Piscina

PISCINA

Fui porque Laura me dijo que llevaría un bikini rojo.

Matías, el delegado de clase, solía invitar a sus amigos a pasar el sábado en su casa de La Florida. Era la primera vez que me invitaba, en ese momento pensé que le di lástima porque hacía apenas un mes que había muerto mi padre. La verdad es que no tenía amigos, siempre he sido parco en palabras y desde la muerte de papá hablaba casi sólo con monosílabos. Ser el hijo del bedel de la Universidad más elitista en la que, además, estudias y sacas buenas notas, no es la mejor acreditación para hacerse amigos.

Viajé en autobús y tuve que caminar más de dos kilómetros, entre altos muros cubiertos de buganvillas. En la puerta me encontré con Laura. Me saludó con dos besos sonoros en las mejillas y se puso hablar de mi padre y de lo mucho que sentía su pérdida.

Cruzamos las verjas de hierro forjado y seguimos por un sendero de adoquines, flaqueado de cedros que estaban podados con precisión milimétrica. Ella hablaba en voz baja, entre dientes, para que nadie nos oyera: “Mira que jardín”. “¿Has visto los sauces llorones, los tejos y las paulonias?”. “¿Qué me dices de la casa?”. “Cómo viven estos niñatos y sin dar palo al agua”

La casa era de piedra arenisca rosácea con ribetes del color del óxido, tenía dos torreones en los flancos rematados con almenas, balcones con balaustradas de piedra y unas escaleras de mármol con dos sílfides a cada lado. Al final del jardín estaba la piscina rectangular. Allí vivía Matías, el delegado de clase, el que decía que el marxismo no estaba muerto y llevaba en el anverso de la carpeta de apuntes la foto del Che y en el reverso la de Marx. Militaba en un partido verde y, en las reuniones de clase, nos soltaba mítines acerca de la depredación que el sistema capitalista ejerce sobre los recursos naturales y sobre los hombres.

Antes de llegar a las escaleras donde ya nos esperaban los compañeros, Laura acercó la boca a mi oído y en un tono confidente me dijo:

―Ánimo  chaval. Vamos a demostrar a estos pijos quiénes somos tú y yo ―luego dio un trote hasta los peldaños y con una sonrisa beatífica fue repartiendo besos y abrazos.

No estaban los padres de Matías. Señoritas uniformadas con chaleco y falda negros sirvieron en bandejas de alpaca canapés y zumos hasta más allá de las cinco de la tarde. Los compañeros me trataron con delicadeza, incluso consiguieron que esbozara una sonrisa bobalicona después del cuarto porro.  Los porros eran cosa de Luisja, el hijo del Presidente del Supremo. A pesar de su insistencia no consiguieron que metiera el pie en el agua. Cuando las señoritas de uniforme se despidieron de Matías con un “si no necesitan nada más el señorito, nos retiramos”, la cosa empezó a desmandarse un poco. Los chicos se fueron a los coches y trajeron bolsas del Carrefour con whisky, ron, ginebra y absenta. Las chicas se fueron a por hielo, vasos y refrescos a la cocina.

Laura sabía menear su bikini rojo y se movía en aquel ambiente como pez en el agua. Administraba los gestos y los halagos con maestría, conocía las conveniencias sociales y dosificaba su inteligencia y su ingenio. La miraba a hurtadillas respaldado en el tronco de un tejo. El sol de la tarde le encendía todas las pecas del cuerpo, especialmente un lunar ovalado al final de la nalga izquierda que se le extendía y plegaba al caminar. También seguía como un naturalista las evoluciones del grupo, el tintinear de vasos brindando por casi todo, aquel ensombrecerse las miradas y desmañarse los gestos poco a poco.

A la de tres, los chicos se quitaron el bañador y se tiraron al agua. Ellas les arrimaron las copas y ellos bebían con el cuerpo metido en el agua y un brazo doblado sobre el pretil. Risas. Las chicas miraban debajo del agua para comparar, ellos se pegaban a la pared de teselas azules y blancas. Cuando se aburrieron del juego formaron un corro como los equipos de baloncesto al recibir las órdenes de su entrenador y susurraron algo entre ellas. A la voz de ya corrieron hacia mí para quitarme el bañador. Me levanté de un salto y derramé el vaso de ron con Coca Cola. Se abalanzaron y tiraron de las perneras y de la cintura del bañador, lo así por delante con ambas manos. Para amansarlas no tuve más remedio que apostar:

―Me lo quito si vosotras os quitáis la parte de arriba.

Dicho y hecho. Se despojaron de la parte superior de sus prendas y los pezones brillaron a la luz. Cuando cumplí mi promesa hubo olés. Hasta los chicos salieron del agua y se acercaron. Nueva ronda para brindar por mis atributos. Y todos juntos se tiraron al agua.

Alguien debió advertir que yo no me había zambullido, que sólo me había acercado hasta la ducha varias veces para quitarme el calor de la tarde. Salieron todos a la vez del agua y me dieron caza de inmediato, luego me alzaron en el aire, a pesar de mis pataleos y, con tres vaivenes iban a tirarme a la piscina. Al segundo vaivén grité:

―No sé nadar ―se quedaron mudos con las cabezas gachas y me soltaron despacio, dejando que los pies se posaran blandamente sobre la hierba. Me ardía la cara.

Luisja quebró el silencio:

―Si los rojos no saben nadar cómo van a guardar la ropa  ―a la ocurrencia siguió una carcajada del propio Luisja que, enseguida, se contagió a los demás.

Matías, con la botella de absenta en la mano, intentó acallar sus risas con la voz engolada y arrastrando las sílabas por la influencia más que notoria del alcohol:

―Dejadlo en paz, capitalistas de mierda. Mientras vosotros dormís él pone copas en el Argón todas las noches. Es un tío cojonudo ―me echó los brazos al hombro y me fue diciendo cuánto me apreciaba y la admiración que sentía― Sobre todo admiro tu silencio ―concluyó.

Me costó desasirme de los brazos de Matías, afortunadamente pasó por allí Micaela y se le perdieron los ojos en su culo y detrás se le fueron las manos. Volví a recostarme en mi tejo. Me deprimían sus juegos estúpidos, su inconsistencia, su vida regalada y, sobre todo, me deprimía pensar que, si algún día encontraba trabajo, sería para este tipo de gente. Recordé las palabras de Laura: “Ánimo  chaval. Vamos a demostrar a estos pijos quiénes somos tú y yo”. La busqué con la mirada. No la encontré, me hubiese gustado decirle que yo había nacido perdedor. No sabía nadar, ni guardar la ropa, ni desenvolverme entre los ganadores. Ni vivir sabía.

Cuando la luz se hizo morosa entré en la casa para recoger mi ropa. Todos estaban ocupados. Sobre la alfombra roja del saloncito de televisión, Laura cabalgaba a horcajadas sobre Matías. Se veía entero el lunar de la nalga, era un óvalo perfecto del color del óxido, hacía juego con la piedra arenisca de las paredes de la casa.

Salí al jardín. Me vestí despacio. Luego me senté al borde de la piscina en el lado en que el agua no cubría, metí los pies con los zapatos puestos y chapoteé un buen rato. En las olitas se agotaban los últimos regueros de sol. Me acordé de mi padre y de aquella frase que me repetía tanto: “En la vida los ganadores suelen venir con la marca puesta  antes de nacer, ya se encargan los suyos de que así sea”.

Deslicé los pies lentamente en el agua hasta tocar el fondo. Estaba caliente, pero solté un respingo cuando entró en contacto con mi vientre. Los bolsos del pantalón se hincharon. Me mantuve quieto un instante mirando cómo el horizonte escondía el último arco de sol y empecé a caminar hacia lo hondo con los brazos levantados y los bajos de la camisa flotando en la superficie. No pensaba en Laura, ni en los compañeros, ni en mi padre, sólo en que la vida era una solemne estupidez, un juego de algún dios de poca monta para divertirse con la soledad de los idiotas como yo. El agua ya me llegaba a la boca, la cerré y llené los pulmones por la nariz. Seguí gastando esfuerzos hasta cubrir la nariz y los ojos, el pelo flotaba. Me dolía el pecho. A duras penas rozaba el suelo con la punta del zapato. Súbitamente las piernas emergieron a la superficie dibujando un arco y quedé suspendido en la lámina de agua, quieto, como un muerto. Abrí los ojos, había un cielo de un azul desvaído y las estelas dibujadas por los aviones enrojecían. Qué paz. Caí en la cuenta de que el agua me acunaba como una madre y decidí que aprendería a nadar.

J. Carlos

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