La vacuna del 23-F

La vacuna del 23-F

La tarde de hace treinta años era monótona, el viento apenas movía las hojas de los plátanos y, abajo, en las aceras la gente caminaba con la inquietud de todos los días, ni una pizca más; si quieres, con una pizca menos de desasosiego, porque ese día se bajaba de la Presidencia del Gobierno el Sr. Suárez, al que desde el verano anterior asediaban y hostigaban desde todos los ángulos y con balas de grueso calibre: La oposición, lo sindicatos, los medios de comunicación, los militares, incluso desde su conglomerado -la UCD- también le daban lo suyo. Lo habíamos convertido en el pararrayos de todos los males que nos cursaban: terrorismo, paro, inflación, ejército heredado de una dictadura militar, nacionalismo rampante –como ahora-, alejados de Europa, fuera de la Otan, etc. Así que todo pintaba un poco mejor que días anteriores en que, las acechanzas de los políticos y los runrunes de cuartelazos nos tenían en un sin vivir.

Esa era la calle que yo veía una tarde de hace treinta años desde un quinto piso de un barrio humilde de Madrid. Preparaba una clase que dos horas más tarde impartiría en la Universidad y escuchaba en la radio la retrasmisión de la investidura de Calvo Sotelo. En aquella recién estrenada democracia todavía nos creíamos con el deber cívico de seguir estos acontecimientos porque, se lo debíamos a las generaciones de nuestros mayores que habían sido expoliados de la libertad, eran acontecimientos históricos con el marchamo de nuevos e irrepetibles y, suponían la sublimación de los anhelos por los que habíamos luchado en la adolescencia y la primera juventud.

La radio desgranaba cansina la retahíla de nombres de los diputados llamados a votar, similar a la al canturreo de los números de la lotería en Navidad. No me importunaba para la confección del guión de la clase, hasta que es llamado a votación Manuel Núñez Encabo –han pasado treinta años y el nombre se me ha empotrado en el cerebro-, entonces se oyen ruidos, levanto la vista hacia el receptor de radio y oigo la voz trémula de Rafael Luís Díaz: «Se ha oído un golpe muy fuerte en la Cámara… no sabemos lo que es… la Guardia Civil entra en estos momentos en el Congreso de los Diputados, hay un teniente coronel que con una pistola sube hacia la tribuna (…). Está apuntando al Presidente del Congreso de los Diputados con la pistola (…) No podemos emitir más porque nos están apuntando con una pistola… llevan metralletas. A continuación se oyen ráfagas de metralletas que duran media eternidad. Luego, silencio…

Primera derivada: El estómago te da un vuelco, el corazón se desboca como un caballo asustado, y la mente no para de imaginar sangre y cadáveres sobre aquellos sillones rojos y azules que sólo has visto en la televisión.

Segunda derivada: No puede ser verdad. Miras por la ventana y te sorprendes porque los plátanos siguen ahí con sus ramas poderosas abanicando el aire, la gente camina al mismo paso de siempre con bolsas de lona, llenas de carne, de hortalizas y de frutas, los utilitarios de colores chillones siguen petardeando en la calzada.

Tercera derivada: Reflexionas. Os acaban de quitar la libertad recién estrenada y es como si te arrancaran un brazo. Y ahora: el oscurantismo, el silencio, la obediencia cuartelera, el ordeno y mando, la boca cerrada, los medios otra vez en blanco y negro. El mundo occidental navegando a toda vela hacia el futuro y España vuelve a la estela del pasado, a dos siglos atrás. Dos siglos luchando a brazo partido contra la modernidad y el progreso. ¡Qué asco!

Cuarta derivada: Preguntas. ¿Me he significado en algo? ¿Algún escrito, algún comentario? Porque ahora pasarán casa por casa, irán a los tajos, a las Universidades y buscarán a los rojos, que para ellos son todos los que están más acá de la extrema derecha. Miedo. Si se han cargado a los diputados éstos se cargan hasta el sursuncorda.

A la media hora la calle apretaba el paso y el viento empezó a batir las hojas como si estuviera furioso. A la hora y pico el barrio era un desierto, los comercios y los bares echaron el cierre, no había luces en las ventanas, ni siquiera cristales, los vecinos habían bajado las persianas. Silencio. Miedo, mucho miedo.

Lo demás, ya se sabe. O mejor, se sabe poco, y nunca se sabrá. ¿De qué hablaron Mújica y Armada en Lérida días antes del golpe? ¿Quién era el elefante blanco? ¿Quiénes formaban parte de la trama civil? ¿Quién confeccionó la lista de miembros del futuro gobierno de coalición que llevaba escrita Armada? ¿Quién dio la orden para que un coche del CESID guiara al autobús desde Valdemoro hasta Las Cortes? ¿Eran tan inútiles que no sabían cómo llegar al Congreso? ¿Por qué la seguridad del Palacio les dejó pasar? ¿Por qué el juez instructor no juzgó a los guardias que secuestraron y amenazaron de muerte a los diputados? ¿Qué validez jurídica tiene el pacto del capó? ¿Por qué EEUU se mantuvo en silencio? Etc.

Nunca agradeceremos que los cómplices, autores o encubridores eligieran para la misión a un “fuerza armada” que más parecían los componentes del teatro de una ópera bufa. Cuando se distribuyeron las imágenes al extranjero por tve, los periodistas suecos de eurovisión pensaban que había entrado en el Congreso de los Diputados un torero, otro tanto pensaron los periodistas en Alemania y, en Estados Unidos, nos confundieron con una de las repúblicas bananeras, tan proclives ellas a las asonadas golpistas de gran colorido. Lo cierto es que el guión y los diálogos que se sucedieron no los habría mejorado ni Mihura. Dime, ¿tú crees que Mihura hubiera imaginado a la tropa arrasando con todo el alcohol del bar del Palacio?, ¿y saltando por las ventanas a la calle como los delincuentes?

Les salió el tiro por la culata, afortunadamente. Era tan patético ver cómo se producían que hasta los franquistas se abochornaron. Fue tal la zafiedad, la incultura, la improvisación, que también los demócratas nos sonrojamos al pensar que esos individuos pertenecían a las Fuerzas Armadas de nuestro País, y todo esto se ventilaba en todas las televisiones del mundo. Pero fue mano de santo, se acabó con el runrún de los cuarteles, las Fuerzas Armadas se dedicaron a los suyo que es prepararse para proteger a los ciudadanos, la extrema derecha buscó acomodos más aparentes, y hasta el Rey -que se había prodigado en distintos ambientes pidiendo la cabeza de Suárez- aprendió que quien pone y quita Presidentes son las urnas y no él. También lo aprendieron algunos políticos, a la derecha y a la izquierda, que abogaban por un periodo provisional de abolición de la Carta Magna y constituir un gobierno de concentración nacional. ¡Qué peligro!

La vacuna ha durado treinta años, con unos niveles de progreso y bienestar que ni nos imaginábamos en los mejores sueños, y con una democracia raquítica, pero democracia al fin y al cabo. Hay peros, claro: (Ver Nota 1) -te los pongo como nota, al final, para no alargar el artículo-

Y sin embargo, te confieso que ando preocupado estos días. Empezaron a insultar al gobierno. Bueno, todo el mundo se mete con el gobierno y, además, éste que padecemos tiene flancos hasta para sacarle las asaduras. Después despotricaron, poniendo en duda las instituciones. Bueno, estamos en una democracia y si funcionan mal es nuestro deber ejercer la crítica y es sano. Después hostigaron a la monarquía. Bueno, es una monarquía parlamentaria, cuyo cometido es, según el art. 56 de la Carta Magna, “el de arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones y asumir la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales”, así que como no somos sus súbditos, podemos y debemos criticarlo en sus funciones. Después denigraron la democracia. Bueno, ya he escrito, es una democracia raquítica, con unos partidos donde cuatro plutócratas toman decisiones y “obligan” a sus conmilitones a seguirlas sin más, utilizando para ello la parafernalia de las Cámaras, en las que la mayoría de sus miembros van a levantar o bajar el dedo; ello aparte, se da la fatal circunstancia de que tenemos una economía demasiado vicaria del poder político lo que da lugar a corrupciones, aberraciones, privilegios y prebendas. Después dijeron que la dictadura de Franco fue un dechado de virtudes. Y ahí ya dije: Basta.

Me temo, mi caro amigo, que algunos medios de comunicación utilizan un lenguaje cuartelero que empieza a parecerme un deja vu. Vamos, que me parece estar leyendo y escuchando aquello que se oía y escuchaba hace… treinta años.

J. Carlos

Nota 1:

Aún existe ETA y sigue amenazándonos a todos, aunque esté dando las boqueadas. Nada comparable hoy con del año 1981. Los doce meses anteriores al al 23-F la banda criminal llevaba segadas más de 100 vidas.

-Sin duda, es preciso remendar la Constitución para terminar  con la bomba de relojería que nos dejaron nuestros constituyentes, me refiero al Título VIII, sí, el de la Organización Territorial del Estado. Está sin cerrar y cada tanto los nacionalistas –insaciables- quieren más y más. Deben fijarse de una vez por todas, y en la Carta Magna, cuáles son las competencias que ha de gestionar cada Comunidad y cuáles corresponden al Estado, así como el control de los ingresos y de los gastos; abolir los beneficios fiscales de algunas CCAA., y establecer los instrumentos de cooperación y arbitraje para que no se solapen o queden en tierra de nadie determinadas competencias o determinados servicios. De forma que si en el futuro hubiera que modificar competencias, sería necesaria la reforma constitucional.

-Habrá que pensar qué hacemos con el Senado, o se borra de un plumazo o se le dan verdaderas atribuciones para que sirva a los intereses de los ciudadanos.

-Falta regular la democracia dentro de los partidos y las consecuencias de no ejercerla debidamente, así como establecerles un techo de gasto. Y si se pasan, a pagarlo de su bolsillo. Nada de admitir donaciones porque, en realidad, son cohechos impropios. Nadie da nada si no espera nada a cambio.

-Es patente que la ley electoral hay que cambiarla de forma inmediata, tal vez un sistema de listas abiertas con el fin de que cada elegido lo sea por una circunscripción y trabaje por y para ella, de forma que, a veces, como en el sistema anglosajón, tenga que votar en contra de su partido. Regular otro tipo de proporcionalidad más objetiva en función de los votantes reales de cada circunscripción y, de paso, además, se evitaría el excesivo, e incongruente, peso que actualmente tienen los nacionalismos, que siempre son la llave de las mayorías a cambio de transferencias y otras naderías.

Volver al viejo sistema funcionarial: Que el político no pueda remover a los técnicos: de Jefe de Servicio para abajo. Que prescindan de todo tipo de asesores y otras figuras atípicas. Que todos los procesos, documentos y actas  de los concursos antes, durante y después de la adjudicación, sean publicados en internet obligatoriamente. Que no se admita el troceamiento de los concursos para saltarse los límites, etc.

En cuanto a la corrupción. Complicado me lo pones. La solución llegará más tarde que pronto, y aunque no lo creas, es sencilla: Dinero electrónico. Donde toda transacción deberá llevar un código que incluya el NIF del que la inicia y del que la recibe, ya sea de persona física o jurídica. Soportes: Tarjeta, móvil, ordenador, tableta, t.v., etc. Papel desterrado, si acaso, billetes de 20 €.

-… Aquí todos los etcéteras que quieras…


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