La espera

LA ESPERA

Hipólito calienta la leche en un hornillo eléctrico. Va para dos años que su sobrina les quitó el gas por lo del descuido. Toca con dos dedos la barriga de la cazuela esmaltada en rojo, no está caliente todavía. Se lleva la mano a los riñones y trata de enderezar el tronco, se oye un ligero crujir de huesos, al tiempo que exhala un pequeño suspiro de dolor. La persiana, a medio plegar, con un cordón de plástico verde anudado  con lazada, se zarandea contra el cristal. La vista le devuelve un amanecer de enero, plomizo, a punto de desaguarse. Agarra el mango desportillado y vierte el contenido en dos vasos de Duralex. Después de echar el Nescafé y el azúcar y de removerlos con la cucharilla de alpaca, se acuerda de desconectar el hornillo.

Su esposa levanta el embozo de la cama cuando escucha el frú frú de las pantuflas sobre el entarimado del pasillo.

―Poli, ponme la cuña. Sigo sin fuerzas para levantarme.

―Voy ―contesta Hipólito, al tiempo que deposita la bandeja del desayuno sobre la mesilla de noche.

Después de asearla con una toalla y una palangana, desayunan juntos; Leonor en la cama, descansando el tronco sobre dos almohadones; Hipólito sentado en la silla de ruedas de Leonor. Pero tiene que incorporarse de tanto en tanto para limpiarle los hilos de café con leche, que se le escapan de la comisura desde que la embolia le dejó el labio superior derecho estirado para arriba como un interrogante.

―Hoy hace cuarenta años de lo de la niña ―arrastra las sílabas y le cuesta pronunciar las eñes.

―Sí ―contesta Hipólito― Tal día como hoy, igual de frío y cabrón.

Leonor da un último sorbo, empinando el vaso; un reguero de posos de café insoluble se queda pegado al vidrio. Hipólito le quita el vaso de las manos, le ayuda a acostarse de nuevo y le sube el embozo de las sábanas hasta la mitad de la cara. Está muy delgada, la colcha apenas esconde un bulto. Con lo que ha sido –piensa Hipólito― la más alta y más guapa de la Escuela Normal, era un imán para todos los ojos. Ahora tiene secas las piernas y no alcanza ni los cuarenta kilos.

De vuelta a la cocina, el gato le remolonea entre los pies. Lava los vasos, los seca y llena el cuenco del gato -Gandolfo- con comida seca. En el reloj redondo de la pared faltan dos minutos para las nueve, aunque atrasa un poco. La hora de las noticias.

Se traslada al salón, que es la pieza más grande de la casa, de hecho, la compraron porque a Leonor le gustaba aquel salón tan luminoso donde luciría el cuadro de los bueyes saliendo del agua que le había regalado el tío Pedro. Al lado del ventanal está la mesa de comedor y en el rincón donde confluye la librería que ocupa dos lienzos completos, una mesa de trabajo con tapete de piel verde. Al otro extremo, un tresillo de pana verde en el que toma asiento Hipólito y, de frente, el televisor sobre una mesita con ruedas. Gandolfo entra relamiéndose, de un salto se encarama en el rincón favorito de Leonor y ronronea a la espera de que le acaricie el lomo. La locutora lee las noticias. Hipólito chasquea la lengua cuando aparecen las imágenes de la chica que hoy hace un año desapareció en Sevilla.

Después de escuchar las noticias vuelve al dormitorio, abre las ventanas un momento para airearlo y se sienta en la silla de ruedas. Leonor se queja cariñosamente de que ha metido el frío en la habitación y le señala los rombos de cristal de la lámpara que tintinean como si temblaran.

―¿Algo interesante en las noticias?

―Más de lo mismo ―dice Hipólito― Lo de Haiti; que viene otra ola de frío; ah, y que se cumple un año de la desaparición de Marta, la chica de Sevilla.

Sigue un silencio espeso. En las mejillas amarillentas de Leonor resbalan las lágrimas. Hipólito saca un pañuelo del bolsillo superior del pijama y le limpia la cara.

―Poli. Ayúdame a ponerme de lado, que sólo veo el techo.

La lámina de la virgen y el niño de Murillo los contempla por encima del cabecero de la cama. A Hipólito, mientras cambia de postura a Leonor, se le dibuja una sonrisa de pícaro y le serpentea un rayo de luz en los ojos. Está recordando que, cuando eran jóvenes, a su mujer le daba vergüenza y le amenazaba que si no tapaba la lámina lo harían a oscuras.

―Tienes los huesos de agua, pesas menos que un saco de plumas.

Hipólito vuelve a sentarse en la silla de ruedas de su esposa, la impulsa ligeramente para que las ruedas delanteras se muevan adelante y atrás, sabe que ese breve siseo de la goma sobre la tarima atraerá el sueño de Leonor que no ha pegado ojo en toda la noche por los nervios del cuarentenario. A decir verdad, él tampoco. Pero el esfuerzo es inútil, deben ser los recuerdos que la mantienen en vilo y no hay caso. Ni siquiera pestañea y le da por soltar la lengua:

―¿Sabes que soñé esta noche?

―¿Qué? ―pregunta Hipólito.

―Que nuestra niña vivía en Kansas y nos encontraba a nosotros con eso de internet. Poli. ¡Éramos abuelos!

En la pared lateral del dormitorio, frente a la ventana con visillos blancos, hay una foto tamaño póster. Están los dos recibiendo los aplausos de un centenar de personas, sentados en una mesa presidencial, fue cuando cumplieron las bodas de oro con la enseñanza. Ese día les retiraron. De eso hace casi veinte años. Doña Leonor era la profesora de Francés y Don Hipólito enseñaba Física y Química. Todavía quedan cartas de alumnos agradecidos en los cajones de la cómoda. Estuvieron llegando durante varios años.

―Poli ¿Tú qué sueñas?

―Querida. No me quedan sueños. Los gasté todos contigo ―responde Hipólito.

La esposa se ruboriza, le da la risa, se atraganta, tose. Hipólito tiene que levantarse para sosegarla, la endereza y saca de debajo de la cama la palangana de los esputos. Luego le limpia el sudor de la frente con el pañuelo, vuelve a depositarla suavemente sobre las almohadas. Tarda más de diez minutos en retomar el compás de la respiración.

―¿No hay noticias del detective? ―pregunta Leonor.

―Lo de siempre, querida, o sea, nada. La última pista se perdió en Nairobi, ya sabes ―dice Hipólito

―Seguirá buscando ¿no? ―replica Leonor.

―Claro, Leo, mientras nos quede pensión, seguirá cobrando y seguirá buscando.

Se levanta para coger una manta que reposa en una silla del comedor, hace frío y la calefacción eléctrica es prohibitiva. Echa de menos el gas que caldeaba la casa a mitad de precio. Los ojos se le van a la última balda de la librería, recorren los cantos de media docena de archivadores de cartón gris alineados por fechas. No falta el informe mensual y van cuatrocientos ochenta informes. Siempre hay un hilo de esperanza, una razón para seguir como en cada capítulo de las buenas novelas. Él la perdió muy pronto y piensa que lo del detective es tirar el dinero, pero Leonor…

Con la manta de lana enrollada al cuerpo vuelve a entrar en el dormitorio. Leonor le está esperando con los ojos muy abiertos. Le espeta:

―Cuídate, cuando yo falte tienes que seguir buscando a la niña.

―Sí, cariño. Pero no hay caso, me llevarás por delante ―dice Hipólito, con una sonrisa cómplice. Luego, cierra los ojos y hace la señal de la cruz porque sabe que, si los vecinos no hubieran olido a gas ya no tendría de qué preocuparse.

―Cuando suba el sol y me entre el calor en los huesos me levantas. No te olvides de que hoy toca abrir la habitación de la nena, como cada año, y rezar ante su foto.

―Claro, mujer ―contesta Hipólito pensando en estufas eléctricas y cortocircuitos.

J. Carlos

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Una respuesta a “La espera

  1. Me ha gustado mucho, en cada momento he tratado de situar tu mente que es como un va y ven, justificando la parte que conozco de tí.
    Un fuerte abrazo,
    Valeriano

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