Neuronas espejo

Neuronas espejo

Los profesores Giacomo Rizzolatti, Leonardo Fogassi y Vittorio Gallese estaban en la universidad de Parma, en Italia, estudiando las respuestas neuronales de un cerebro de un mono macaco. Le habían colocado unos electrodos para averiguar qué neuronas se activaban cuando el mono hiciera un movimiento con su mano. Leonardo Fogassi estaba parado al lado de un frutero y alargó la mano para coger un plátano, el mono se limitó a observar el movimiento de la mano del profesor sin mover la suya; sin embargo, los instrumentos detectaron actividad en algunas neuronas que habían reaccionado a la simple observación. Por casualidad habían descubierto la existencia de neuronas espejo en los monos macacos. Las neuronas del individuo imitan la acción del otro, así pues, las neuronas del observador estarían realizando la acción del observado como si de un espejo se tratara. Más tarde se descubriría que nuestra especie humana también había heredado ese sistema de conocimiento, digamos, por imitación. A partir de ahí se ha especulado con que dichas neuronas están ligadas al desarrollo del lenguaje y a su comprensión, que juegan un papel muy importante en la empatía, incluso que su disfunción puede producir desórdenes como el autismo. Daniel Goleman llevando hábilmente el agua a su molino de inteligencia emocional afirma que, estas neuronas espejo detectan las emociones  e incluso las intenciones de la persona con quien hablamos.

Seguramente sin esa base científica, pero por sentido común, en los zoológicos cuando la hembra de un mono está embarazada y nunca ha visto el comportamiento de una madre con su hijo, una cuidadora se pasa varias horas al día actuando, con un bebé simulado en los brazos, para que la hembra no rechace a su retoño cuando nazca y lo cuide debidamente después.

Tal vez esa sea la razón por la que nos gustan los cuentos, la literatura,  el cine, la televisión, la historia…. Seguramente nuestras neuronas espejo se excitan con las aventuras y desventuras de nuestros héroes, y nos permiten vivir otras vidas regaladas sin correr riesgos. Será por eso que nos cansamos desde el sillón con el esfuerzo del ciclista coronando el Tourmalet, o nos extasiamos con los regates imposibles de Messi y nos parece tocar con él la perfección. Quién me dice que las neuronas espejos de los manifestantes egipcios, yemeníes, marroquíes, sudaneses, etc., no se han contagiado, por imitación y por empatía, de los actos heroicos que han llevado a cabo los tunecinos. Y otra pregunta: ¿Las personas que se queman a lo bonzo en Egipto, Arabia Saudí, Mauritania y Sudán lo hacen porque sus neuronas espejo se han activado al contemplar la pira ardiendo del cuerpo de Mohamed Bouazizi, el vendedor ambulante tunecino? Y si es así, ¿las pulsiones eléctricas de sus neuronas reflejan una simple rutina de imitación u obedecen a razones más emocionales como la empatía?

Desde mi sillón y desde el tuyo vemos, en la televisión, la plaza Midan Tahrir en El Cairo con la óptica cenital de una cámara que nos pasa los fotogramas de un día en apenas un minuto, como en esas películas que utilizan el lenguaje de las nubes y las salidas y puestas del sol para que sepas el tiempo transcurrido en la trama. Vemos hervir a la masa como las burbujas de agua en la olla a presión, a la tarde y a la noche  pierden un poco de fuelle, pero en la mañana vuelven a bullir. En ocasiones nos quitan esa imagen y nos ponen una lluvia de piedras y una densa humareda, como si fueran nubes que en vez de parir gotas de agua parieran guijarros, luego intercalan camillas ensangrentadas, carreras de gente que grita y cabezas cubiertas de trapos blancos manchados de rojo, después el realizador vuelve a enseñarnos desde la cámara cenital la olla hirviendo. Y el tirano no se va. A nosotros ya nos cansa desde el sillón el esfuerzo de la masa, como nos cansamos de ver pedalear al ciclista con la cara de sufrimiento y un hilo de saliva seca en la comisura de los labios cuando escala el Tourmalet. Además el dictador Mubarack no se va de Egipto, como se fue Ben Alí de Túnez, sin duda, gracias a nuestro esfuerzo neuronal. Desde mi sillón y desde el tuyo cambiamos de canal porque sabemos que los monos macaco adultos ya no aprenden por imitación, parece que las neuronas espejo tienen una misión temporal limitada. Y, sin embargo, en el nuevo número del dial de la televisión, Messi nos produce un calambre de perfección en nuestras neuronas espejo y, sin querer, por imitación, nuestros pies han hecho tres leves movimientos involuntarios chutando a gol. Es por empatía que nos sentimos únicos, como él, y el cerebro se da un chute de dopamina, aunque sepamos que es sólo un espejismo porque no somos nadie.

J. Carlos

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