Viaje al mar

VIAJE AL MAR

Hasta el director del Hospital ha bajado conmigo en el ascensor y ha empujado mi silla de ruedas unos metros hasta la puerta del coche de Eloy. Ha venido sólo para hacerse la foto, se cree que soy bobo, de sobras sé que él no quería que hiciera este viaje; ya le dije, si tanto me estima mande quitar el sopicaldo de los martes, jueves y sábado y que me den queso de tetilla. Eloy siempre se ríe cuando le cuento la historia del queso. Me lo regalaron las monjitas envuelto en hojas de periódico, lo desenvolví y no supe qué hacer con él, se me ocurrió llevarlo a la boca y mamar, a una sor le dio un ataque de risa, a la otra le dio un soponcio y hubo que llamar a un doctor. En aquel entonces las monjitas siempre andaban en pareja como la Guardia Civil. Dice Eloy que recuerdo tan bien las cosas porque todo me ha sucedido aquí entre estas cuatro paredes, y los demás ven tanto cada día que no les cabe en el cerebro; por eso siempre le di largas a lo de conocer el mar por temor a perder los recuerdos. Fíjate que de ver tantas personas nuevas que pasan por el hospital ya se me está oscureciendo la memoria; además, el mar lo he visto muchas veces en la televisión y no es más que un pozo de agua pero muy grande. Lo que no puedo entender es por qué los peces pueden vivir en el agua y respirar. Según Eloy nosotros respiramos aire y los peces respiran agua, aunque las sirenas, dice, son un caso especial, respiran agua por la nariz y aire por la boca por eso tienen cola de pez y cuerpo de mujer. Se piensa que porque no tengo mundo tengo que creer en las sirenas.

Mira que es la primera vez en mi vida que salgo del hospital y Eloy, nada más arrancar, ya me está regañando porque llevo los ojos cerrados, me da miedo abrirlos porque me mareo. Le digo que el coche rebota sobre los adoquines y hace giros bruscos, así que los edificios se van y se vienen. En las películas los coches corren más pero desde la cama no se siente que el estómago se te suba hasta la boca. Se ríe, pero afloja la marcha y me da una palmada en la pierna. Por detrás los coches empiezan a pitar, como los domingos de fútbol cuando gana el Pontevedra y me espantan a los tordos que viven en los abetos del jardín trasero. Todo el mundo sabe que yo afano siempre dos chuscos de pan en la comida, uno me lo como, y el otro lo desmigajo para que Lucía, la enfermera de las piernas largas, les tire las migas por la ventana. Si no fuera por mí, los pobres pájaros se morirían de hambre.

-¿Dónde va tanta gente?, Eloy ¿A qué se dedican, a ir en coche de acá para allá como los taxistas?

-No hay nadie cuidando los maizales y las vacas pastan solas. ¿Cómo saben los animales de quién son?

-Dime, ¿por qué la gente del hospital tiene la piel más blanca?

-Escucha, Eloy ¿Las tapias y las alambradas son las paredes de los hospitales para las bestias?

Los demás me regañan cuando hago una trastada, Eloy siempre sonríe. Ya le dije un día, tú tienes ese gesto de nacimiento al igual que otros tienen la cara avinagrada, les viene de herencia. Ahora que el estómago ha vuelto a su sitio y pasamos por debajo de los postes de la luz le he preguntado cómo meten los hombres la luz en esos cables tan delgados y le ha dado un ataque de risa; me lo ha contagiado y casi me ahogo. Dice que tiene intención de escribir un libro sobre mí porque los demás tienen que ir al mundo para vivir, han de moverse; y yo soy el único al que el mundo viene a mi habitación.

Sólo a él le tengo contado que desde una cama uno también se enamora como en las películas. Que te quedas abobado y sin ganas de comer durante mucho tiempo y que me ha pasado varias veces. La primera fue cuando me trajeron de compañero a un pastor que estaba en las últimas, vino de visita cada tarde, durante casi seis meses, una mocita de cara redonda y ojos pequeños; hablaba conmigo como si nos conociéramos de toda la vida y me miraba a los ojos. Estuve dos semanas sin probar bocado después de que le dieran el alta a su padre, se me había ido el apetito. Hasta de una monja me enamoré. Verás, de joven, me lavaban el culo dos enfermeras viejas, pero esto de aquí abajo se revolucionaba y, a veces, escupía; ellas se enfadaban mucho y me pegaban. Cuando venía sor Inés, tan pura, la cara blanca de cirio, los dedos largos y finos, yo me clavaba las uñas hasta las lágrimas para mantener aquello quieto, ella pensaba que me hacía daño y lo hacía con más ternura, era peor; un día me hizo confesarle la causa de mis lágrimas, se puso roja, roja y no volvió. Cómo sería que perdí quince kilos y me pusieron a un loquero para que averiguara mis males, pero lo que pasó nunca se lo dije. Todavía me duele aquí, en las tripas, cada vez que la recuerdo.

Estas cosas, Eloy, no le interesan a nadie. En la tele todas las películas son de tiros, si escribes ese libro pensarán que es como leer la vida de un pájaro que sólo sale de la jaula para el entierro. ¿Sabes? Hay días de verano que el sol alumbra en el jardín y se oye por la ventana el bullicio de la calle que me siento así, como un pájaro enjaulado; pero en los días crudos del invierno, cuando la niebla densa amortigua todos los sonidos hasta los de mis tordos, me imagino que soy un millonario viviendo en un hotel de lujo. Primero he sido como un hijo con muchos padres y muchas madres, después he sido padre de muchos hijos, ahora soy el abuelo gruñón de todos los trabajadores del hospital y sé que muchos me quieren; para saberlo no hay que ser un hombre de la calle ni tener estudios, se nota en la mirada, en cómo te aprietan la mano o te guiñan el ojo. Ya te he contado que no hay enfermo que haya pisado este hospital y se haya ido sin conocerme. Un año, ya sabes, se corrió la voz de que daba suerte y venían de los pueblos a pasarme los billetes de lotería por la chepa.

La soledad, siempre estás con la matraca de la soledad. Nunca estoy solo, siempre hay gente, siempre hay ruido. No hay cerradura en la puerta de la habitación, ni en la del cuarto de baño. No, no he sentido nunca la soledad. Bueno, sí, cuando me rajaron para operarme, estaba seguro de que iban a darme el pasaporte para el otro barrio para que dejara la cama libre. Me dio por pensar en la muerte, me veía metido en el ataúd sin poder moverme, ni rascarme si quiera, frío como un carámbano, debajo de un montón de tierra, con las tripas crujiendo de hambre, la boca seca de sed, sin tener con quien hablar, a oscuras, escuchando sólo el ras ras de los gusanos comiéndome y yo, sin poder rascarme. Con todo, lo peor era pensar que, si el invierno venía lluvioso el agua iba a calar la tierra, entraría por las rendijas de la caja y no podría respirar.

La carretera pasa por medio de dos tesos verdes como dos tetas, y nos adelanta un camión que lleva un rebaño de ovejas al matadero. Al poco, Eloy señala con el dedo el parabrisas y dice:

-Mira. No hombre, a los mosquitos estrellados no. Mira al fondo, aquello que brilla es el mar.

Allí, donde dice Eloy, se ve un pozo muy grande lleno de agua estancada, que se alarga a izquierda y a derecha, pero de frente acaba pronto, no es como la tierra que vas con el coche y no se acaba nunca, detrás de un monte viene otro y otro. Seguimos bajando en picado por una carretera con mil reviravueltas, y ahora el agua no está quieta, forma rizos de espuma como si le hubieran echado jabón al mar, casi te hace daño a los ojos porque refleja el sol como los espejos. Le digo a Eloy que no se acerque más, desde esta altura se ve bien. El mar se mete en la tierra y seguro que traga todo lo que pille para darle de comer a todos los peces. Eloy, muy serio, me dice que el mar es bueno y se deja tocar y, además, los peces no comen carne humana porque si no, nosotros, no podríamos comer peces. Y remata diciendo, si quieres ver sirenas, ya sabes, hay que mojarse el culo. Y sigue conduciendo por aquella carretera que es como una serpiente negra con trazos blancos.

Me ha dejado tumbado en la orilla, con una manta roja por encima, y descalzo. A veces el agua me llega hasta los pies y yo los retiro por miedo a que el mar se equivoque y piense que la carne de hospital no es humana. Eloy se ha ido al paseo a comprarme un helado de nata, de los de cucurucho. El mar es como en las películas, un pozo grande y, además, tiene el agua tan fría que me muerde los pies. Pero esta brisa que me cierra los párpados y huele  a sal y a peces, es como la caricia de la mano de sor Inés y no se cansa de silbar y de mover los granos de arena. Se levantan y se estrellan en la cara y en las manos como besos o cosquillas. Esto sí es nuevo. Este viento no aparece en las películas ni me lo ha contado Eloy, ni nadie. No sé lo que dice pero me habla. Yo creo que canta, sí, suena como una canción de cuna que alguien entonaba hace muchos, muchos años, mientras me subía el embozo de la manta.

Qué raro, es la primera vez que tiemblo sin tener frío y es la primera vez que estoy solo. Cuando vuelva Eloy le pediré que llene de brisa una botella para llevármela. Por las noches, en el hospital, la destaparé para estar solo; bueno, y para que no se oigan los gritos de dolor y disipe el olor a muerto.

J. Carlos

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