A propósito del humo

Cando viajas por Europa los bares y cafeterías suelen tener el suelo limpio de papeles, cáscacaras de frutos secos, huesos de aceituna o de pollo, conchas de almejas o valvas de mejillón, restos de pinchos secos y otras menudencias que aquí sí abundan, formando un bodegón sucio y maloliente. Y, desde luego, el aire suele ser respirable, al menos, en la medida en que es respirable el aire viciado de las ciudades; me refiero a que no está cubierto por una densa nube de aire azul y gris de tabaco que impregna la comida, los utensilios, la ropa y los pulmones de los parroquianos y les quema los olores, los sabores, y hasta les enrarece la visión de las bebidas y viandas con su leve costra de nicotina y alquitrán, picante, agraz y venenosa. En España, hasta el pasado domingo, esto era el pan de cada día.

Ha sido regular que los viciosos se coman solos su propio veneno y nos dejen a los demás disfrutar del aire, las bebidas, las viandas y de buenas conversaciones en bares y restaurantes, y han surgido los adalides de las libertad. ¡Cómo se prostituye la lengua!. Siete de cada diez españoles hemos aguantado estoicamente sus malos y envenedados humos en silencio y cuando les dicen basta, es que les coartas su libertad. Hablan de que los coches contaminan más y son más insalubres, desconocía yo que estaba permitido entrar con el coche en los bares y restaurantes y mantenerlo en marcha mientras te tomas unas tapas . Hablan de su sacrosanta libertad de expulsar el humo por la boca allá donde les pete, pero cuando yo tengo gases no les gusta que expulse mis ventosidades al lado de donde ellos comen, beben o charlan.

Era esperable que aparecieran los de la testosterona patria, los que confunden el culo con las témporas, los de la España cañí:  bigote en ristre, pelo engominado, puro en la boca o sostenido entre dos dedos donde brilla un rubí rojo, o esos otros que tienen el insulto flojo y disparan en seguida la palabra zafia por la boca, seguida de un reguero de humo como las pistolas. Afortunadamente quedan pocos de estos sujetos. Uno de  estos especímenes es  el analfabeto democrático  Francisco Javier León de la Riva (todavía hoy alcalde de Valladolid) conocido por su machismo, sus exabruptos y porque piensa que hablar de lo que le sugieren los morritos de la ministra le dará votos; pues bien,  este sujeto ha vomitado por su boca lo siguiente: “Lo que lamento es que se invite a los ciudadanos a denunciarse unos a otros (…). Así empezaron cosas muy terribles de la historia de la humanidad”. Dicho esto recordó el poema que dice: “primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no hablé porque no era comunista. Después vinieron por los judíos, y yo no hablé porque no era judío…”. Y añadió: “Aquí empezamos por denunciar a los fumadores…” Por cierto, no sólo es analfabeto democrático, cita de oidas y sin conocimiento, ese poema es del pastor protestante Martin Niemoeller. También desconoce que nuestro ordenamiento jurídico contempla, como casi todos los del munto, la denuncia ciudadana y el testimonio como instituciones de Derecho, concretamente: “Tienen obligación de denunciar los que vieran algún hecho delictivo, los que conozcan hechos delictivos por su profeción o cargo, los que tengan conocimiento de la existencia de un delito. No estarán obligados a denunciar el cónyuge del delincuente, sus ascendientes o descendientes, los niños y los que no tengan uso de razón, los abogados y los procuradores respecto de lo que sepan por medio de su cliente, los sacerdotes por la información recibida por causa de sus funciones sacerdotales (secreto de confesión)”. Con esas palabras, llenas de malicia y que, seguramente, también persiguen votos, está invitando a los contribuyentes de su feudo (Valladolid) a que se abstengan de denunciar a los que mean o defencan en sitios públicos de su ciudad, a los que rompen farolas o queman papeleras, a los que vejan, insultan o violan a las mujeres… Y todavía es alcalde de Valladolid. Y todavía cobra del erario público. Aunque tal vez lo que esté sugiriendo con sus desvergonzadas comparaciones es, que nos abstengamos de denunicar su machismo ramplón y la fetidez de sus comentarios procaces y lúbricos.

Pero hablando de testosterona y gónadas patrias no podía faltar nuestro sin par adalid de las esencias, glorioso académico y victorioso Alatriste, D. Arturo Pérez Reverte cuyas manifestaciones son antológicas; resumamos sus sutilezas: “España recupera con la ley el bonito deporte de apuntar con el dedo: te pones el mono de miliciano, la camisa de falangista o la vara de inquisidor, y te pones ciego», o esta otra: «Anna Frank fumaba. La delató un vecino a la Gestapo cuando bajó a fumar al bar.” ¡Qué ignorancia la mia, yo sin saber que Ana Frank fue asesinada por los nazis por fumar y ensuciar los pulmones del prójimo!  D. Arturo, sepa vuesamerced que de vez en cuando como en el Gijón y, a veces, tengo el privilegio de verle -sí, el privilegio he escrito, que lo cortés no quita lo valiente y me gusta leerlo y le admiro-; ahora bien, si durante el condumio o con ocasión de libar una birra yo advirtiese que un tunante le birla la cartera, no ha de preocuparse su merced, que no me pondré  el mono de miliciano, ni la camisa de falangista o la vara de inquisidor, antes al contrario, saludaré al malhechor y le invitaré a mi mesa, todo sea por no cotrariarle D. Arturo.

Para joya la de Francisco Granados, a la sazón, Consejero de Presidencia, Justicia e Interior de la Comunidad de Madrid, cuyo cometido principal debe ser hacer cumplir la ley, ésta y cualquier otra que emana democráticamente  de los legisladores elegidos en las urnas; ha dicho el buen señor que el gobierno ahora quiere un país de soplones y espera que los ciudadanos no denuncien. Éste, encima,  cobra de mis impuestos. Tal vez ya se ha olvidado del asunto de los espías de su consejería que, al parecer, se chivaban de lo que hacían compañeros de su partido. Y es que hay soplones y soplones,  chivatos y chivatos y los de D. Francisco no se chivaban, sólo informaban de las correrías de Manuel Cobo y Alfredo Prada y, además, cobraban del presupuesto, que es una diferencia, oiga, dónde va a parar.

En fin, ya escribió Shakespeare que “La vida (…) es un cuento relatado por un idiota lleno de ruido y furia.” Ruido y furia que se apagarán lentamente como se apagaron los ecos de las voces que clamaban para que siguieran las explotaciones ganaderas dentro de las casas y, más tarde, protestaron cuando se reguló, por salubridad, que salieran del recinto habitable de los pueblos. Gozaremos los más de una atmósfera más limpia, charlaremos, comeremos y beberemos sin tanto veneno y con el ofato, el sabor, el tacto y la vista un poquito más finos, y dentro de un tiempo corto, nos acostumbraremos los unos y los otros. Y yo, cuando me apetezca y en buena compañía y con mejor charleta, echaré un pitillo sentado en una terraza o caminando por un parque. Y en cuanto a esa falacia de los propietarios de locales de restauración de que van a perder su clientela, yo creo que la perderán sí, pero cuando el gobierno nos suba todavía más los impuestos sobre las bebidas alcohólicas, que está al caer, y si persisten en cobrar por un agua chirle que llaman café la friolera de 250 de las antiguas pesetas. Anímense los del gremio, sin humo y si limpian un poco sus bares y restaurantes, sobre todo los suelos, los guiris nos empezarán a considerear menos pigs y vendrán a visitarnos con más asiduidad. Cuidemos a la primera industria nacional y ustedes los primeros que son los más interesados.

Por ir concluyendo escribiré: Siendo que las insumisiones siempre me ponen a favor por ese prurito de rebeldía que no acaba de marchitarse con la edad, esta vez me han producido perplejidad, cuando no hurticaria. ¿Han visto a ese señor propietario del asador Guadalmina de Marbella? ¿Por qué se me parecerá tanto a un tal Gil y Gil? Debo ser mal pensado porque fue verlo en la tele y preguntarme: ¿Quid prodest scelus, is fecit?

Por lo demás, la señora ministra tendrá que aquilatar los criterios en el desarrollo reglamentario. Así, deberán permitirse asociaciones de fumadores y regular el trabajo sin humo en sus locales; habrá de establecerse la posibilidad de fumar en patios interiores al aire libre de bares y restaurantes como han hecho en Irlanda; establecer criterios más claros en recintos abiertos en puertos y estaciones de trenes; señalar con cierta laxitud cuál es el ámbito fuera de los hospitales, colegios, parques infantiles, etc. en qué persista la prohibición.

No me preocupan los fumadores porque sé que son educados, en general, y cumplirán la norma sin necesidad de broncas, denuncias o multas. Respecto a las tan cacareadas delaciones, la verdad es que, hasta ahora, han sido cuatro casos aumentados por la lente del  foco mediático que en esta época anda falto de noticias. Tampoco me preocupan las insumisiones y las pataletas, usadas espúreamente en la mayor parte de los casos. Tampoco me rasgo las vestiduras ante las  incursiones en estas lides de nuestros “intelectuales de cabecera”, algunas me dejan un tanto perplejo y, las más, me producen hilaridad. Pero sí me preocupa la calidad democrática de algunos de nuestros elegidos; y a esos sí, les sigo de frente; no me gustan ni su ruido ni su furia, ni sus hábitos Goebbelianos.

J. Carlos

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