Felicitación de Navidad.

Estamos acostumbrados al orden natural de las cosas, la lluvia se derrama después de que los cielos se cubran, anochece cuando el sol se retira, o empieza la primavera cuando lo decreta El Corte Inglés. Gracias a esa costumbre si el sol desaparece en pleno día y con cielo despejado, sabemos que  no es el fin del mundo y no nos rasgamos las vestiduras ni nos inmolamos. Así que cuando imputan la culpa de la crisis a quienes más la padecen y nos meten una dentellada en nuestros derechos por nuestro propio bien, callamos porque pertenece al orden natural de las cosas. Te digo esto porque estoy oyendo, en la radio, el soniquete de los niños de San Ildefonso cantando la lotería, y por esa sucesión de aconteceres inmutable, he caído en la cuenta de que la Navidad se me echa encima sin hacerte partícipe de mis deseos; y no es que no me hayan advertido de la Navidad, que es entrar en el ascensor, en la tienda, descolgar un teléfono,… y escuchar hasta el hartazgo las melodías edulcoradas de los villancicos.

Me gustaría que, de vez en cuando, se rompiera el orden natural de las cosas como ocurre en física cuántica; al parecer hay partículas que son almas gemelas, aunque estén separadas miles de kilómetros se comportan igual y lo que le hagas a una se refleja en la otra. Podría hermanarme con un Madoff cualquiera, sólo por la curiosidad de vagar un rato por su cerebro para descubrir que su codicia fue su pasaporte al fracaso y su mezquindad la semilla del odio que cosecha. Puestos a  preferir, hubiese preferido ser alma gemela de Vicente Ferrer para buscar las claves de su pasión por la humanidad y ponerme al abrigo de su bonhomía, porque estoy convencido de que es el amuleto para que te quieran.

También me gustaría romper otros órdenes naturales, como el de prestar oídos a esos agoreros que nos alertan cada día de la inminencia de catástrofes sin cuento que se ciñen sobre nuestros bolsillos o nuestras cabezas. La de prestar ojos a los que sufren un tipo de enfermedad crónica que les impide reflejar los colores y lo ven todo fundido en negro. La de prestar manos a aquellos que se quejan de todo y por todo porque se consideren víctimas del sistema, de la sociedad, de la mala suerte, de la vida. La de prestar boca a los que enmudecen para que otros les saquen las castañas del fuego y viven parasitando los derechos que aquellos consiguen. La de prestar ideas a todos los que aplauden a los de sus sectas digan lo que digan, a todos lo que chillan, a los que se consideran salvados por la telebasura. La de prestar risa a quienes hacen chistes de las desgracias del prójimo. La de prestar presencia a aquellos que alardean de cómo engañan a sus clientes, proveedores o a la propia Hacienda.

Subvertir el orden de las cosas puede ser hasta divertido. ¿Te imaginas presenciar una obra de teatro en que los actores actuaran por una única vez, contemplar el único cuadro que pintó en su vida el maestro pintor, leer la única novela que escribió el autor, tocar la primera y última escultura que hizo un miguelángel, escuchar la única sinfonía compuesta por un mahler…?

¿Te imaginas que ésta fuera la única Navidad?

Terminó el soniquete y no hubo nada, si acaso, un reintegro. Es el orden natural de las cosas. Estoy acostumbrado.

Casi se me olvida. Mi deseo, que busques la felicidad en las personas que la buscan.

J. Carlos

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