Aguas turbulentas

AGUAS TURBULENTAS

Dicen que es duro despedir a un padre, aunque esa boca sin dientes sellada a un respirador no sea ya tu padre, ni reconozcas esas manos sarmentosas con dedos llenos de nudos por la artrosis que alguna vez, de pequeño, todavía vivía mamá, te acariciaron el pelo.

De vez en cuando abre los ojos muy redondos, como dos carbones apagados flotando en un líquido amarillento, y me mira suplicante.

Tal vez piense que esto es como cuando se nos volcó el carro cargado de remolacha, al cruzar el vado con el río crecido, y bastó con desatar las riendas y tirárselas hacia donde braceaba como un loco para mantener la boca fuera del agua.

-Padre vayamos por el puente, sólo nos retrasará una hora, que el río viene muy bravo –le dije, pero no me hizo caso. Tenía doce años. Ni entonces ni nunca me hizo caso.

Una de las mulas se fue patas arriba arrastrada por la corriente. La encontró un pastor al día siguiente varada entre los juncos que se forman en el recodo, antes de llegar al molino, tenía la panza hinchada como si la hubieran preñado hace meses.

La otra quedó reventada por dentro, la arrastramos hasta la orilla del camino que bajaba y el veterinario la mandó matar allí mismo. Fue padre el que le cortó la yugular con la navaja de cortar el pan y recibió en la cara y en el brazo de la camisa el primer chorro rojo, luego se formó un reguero que bajaba por la rodera de barro y se desleía en el agua creando líneas del color del vino que serpenteaban al borde del río. Un enjambre de moscas revoloteaba alrededor del cuello del animal y sus ojos se movían asustados como ascuas sopladas por un fuelle. Seguí llorando hasta mucho después de que los ollares dejaran de subir y bajar. Padre con un golpe de cabeza al aire me indicó que debíamos volver a casa andando, y volvimos el uno al lado del otro en silencio. Ni siquiera cuando aparecieron los buitres en lo alto y tropecé, mirando su vuelo circular, me echó una mano para levantarme.

Esta mañana ha venido la enfermera espigada, la del pelo recogido en forma de cola de caballo, para cambiarle la bolsa del gotero. Le ha puesto otra inyección y le ha dado media vuelta hacia adelante a la ruedecilla blanca. También ha mirado las líneas verdes que se encienden en una pequeña pantalla y forman valles, pequeños tesos y hoyos como el horizonte del pueblo.

Mientras arreglaba la cama de padre se le ha subido la falda a medio muslo, se le marcaban las nalgas pequeñas y prietas como dos pelotas de balonmano. Un breve calambrazo me ha recorrido la rabadilla. Lo habría hecho allí mismo: bastaría con subirle un poco la falda y agarrase fuerte a sus caderas. Antes de irse con una sonrisa y un si necesitan algo, la enfermera me ha vuelto a preguntar si hemos tomado alguna decisión, le he contestado que no.

Mi hermano está en Santo Domingo de vacaciones con los hijos, las novias de sus hijos y su segunda mujer. Anoche me dijo por teléfono que le había costado una pasta el viaje y que hubo de cambiar tres veces el periodo de vacaciones para conseguir juntar a toda la familia durante dos semanas, que sería la última vez que estarían juntos, y que si padre moría que lo enterráramos sin él.

Roberto es el mayor, siempre fue el predilecto, tiene sus ojos negros, es verdad, el pelo tieso como él, que les crece en punta como a los erizos; pero es simpático, dicharachero, un seductor; no como papá que era adusto y tenía siempre la boca fruncida con un rictus de amargura.

No sé por qué hablo en pasado de padre.

Padre le costeó la carrera aunque ya no viviera mamá y sólo contáramos con el sueldo de la portería de la Calle Lagasca. Por entonces Roberto se había echado una novia en el Pardo, y tenía que ir a verla cada día, se compró una Derbi con las propinas que le daban los vecinos por hacerles chapuzas. Decía padre que tenía manos de artista.

Roberto y yo nos turnábamos para la limpieza de las escaleras y el portal, pero trajinaba él solo con un cesto de esparto las parvas de carbón que los camiones volcaban sobre la acera, también se encargaba de alimentar la caldera durante todo el invierno y, parte de la primavera si venía destemplada, porque el polvo del carbón a mí me daba alergia. Padre nunca cogió una escoba, se limitaba a doblar el espinazo, descubrirse la gorra de plato cuando pasaba un vecino y leer el periódico en el tabuco cuando no pasaba nadie.

La portería no daba para más, así que yo tuve que pagarme los estudios trabajando en bares y trapicheando con droga. Me pillaron y pasé unos meses a la sombra. Durante ese tiempo esperé a padre cada domingo tras las vidrieras sucias surcadas de barrotes de la sala de visitas. Por fin  apareció cuando me quedaban sólo unos días para salir, no se me olvidará nunca, traía el abrigo gris de espiguilla y un sombrero de fieltro azul oscuro cubriendo su pelo de pincho. Pero no llegamos a hablar. Cuando se cruzó con mis ojos, se dio media vuelta y se fue. Había ido a decirme que cuando saliera no volviera a pisar su casa. Me lo notificó en una carta que me entregaron al día siguiente en el reparto de la correspondencia. Me extrañó oír mi nombre, nadie me había escrito hasta entonces. Tampoco después.

Mi mujer, dice que también es mala suerte porque es un hombre muy duro y da poca guerra. Está un semestre con cada hijo porque la pensión no llega para pagar una residencia privada y las públicas se comen toda la pensión. También dice, que las vacaciones de mi hermano con toda su familia han salido de la pensión del abuelo. Y no le falta razón, como tampoco le falta razón cuando afirma que a Roberto siempre le toca de enero a Junio, por lo que nosotros siempre apechugamos con padre en vacaciones de verano y de Navidad. Pero se calla que cuando lo decidimos así, y ya va para cinco años, fue porque nos quedábamos con las dos extraordinarias del abuelo y, además, no tenemos dinero para salir por ahí de vacaciones. La culpa, siempre se lo digo, es de ella que como es hija de familia numerosa quería tener una caterva de críos. Y los tuvimos, claro.

Siempre fui débil de carácter, ya me lo repetía padre machaconamente como quien clava un clavo, desde que era un mocoso. Mamá, en cambio, siempre creaba escenas como si pintara cuadros para decirme lo mismo. Me hacía acompañarla a la cuadra, agarraba el mandil por las puntas con una mano y lo recogía en forma de saco, con la otra acopiaba con un bote el grano de una artesa y lo echaba dentro del mandil, luego salía al corral y lo desparramaba sobre el suelo llamando a las gallinas.

-Pitas, pitas, pitas. Ves la gallina flaca, hijo. Cuando les echo el grano, todas se lanzan como flechas, se patean, se pican, se empujan, menos la gallina flaca que se queda ahí, pasmada. Como tú, hijo, como tú.

Entra el médico vestido de calle, sin la bata blanca, la cara como el papel del tabaco de liar, el que queda justo encima de la brasa del cigarro, pero más mustio, más amarillento; tiene el pelo lacio y graso y las gafas de concha negras caídas sobre la horquilla de la nariz.

-Termino ya la guardia y quería saber su decisión -me pone una mano en el hombro y continúa-. Como le dije, basta con aumentar la dosis de morfina y descansarán él y ustedes. Tal vez… esta misma noche. Le aseguro que la agonía es muy dolorosa y el proceso irreversible.

-Bueno -carraspeo y trago saliva-. Lo he hablado con mi hermano, esto es delicado, verá, él está fuera, en Santo Domingo, no es fácil conseguir billetes. En fin. Por mi parte…  -vuelvo a carraspear-. No crea que quiero que sufra, no. Entiéndame, a uno estas cosas siempre le pillan de sopetón, y le gustaría tener más tiempo para decirle aquello que no le ha dicho en vida. Es más, quiero pedirle que le quite la sedación. A él le gustaba afrontar las situaciones de cara y con la frente despierta como aquel que dice.

Al doctor se le extravía una sílaba en la boca abierta, ajusta sus gafas de concha negra con el dedo índice y me mira contrariado. Transcurren unos segundos, sigue mirándome. Al fin, asiente. Lo acompaño hasta la puerta.

Mientras vuelvo sobre mis pasos hasta la cabecera de la cama, papá abre los párpados y los carbones de sus ojos me siguen por la habitación. Acerco la boca a su oído.

-Papá, otra vez el hijo descarriado, tu hijo de puta, te tiene que salvar de las aguas turbulentas.

J. Carlos

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