Madeira

Las islas del archipielago de Madeira asoman sus picos por encima del Atlántico para que las flores, los árboles frutales, los eucaliptus, la laurisilva y otras mil  especies vegetales se multipliquen  a temperatura subtropical y bien regadas de lluvia. Es así que consiguen un colorido y una belleza deslumbrantes que lucen como pavos reales. También para que los más de dos millones de turistas que aparcan sus cuerpos en estas tierras todos los años,  se solacen y admiren este jardín del Atlántico. De los 260.000 maderenses,  más del 80% trabajan al servicio del turismo; el resto dobla el lomo en la agricultura y en la pesca, en la industria vinícola, en la floral y también en la artesanía de bordados y tapicería.  Se calcula que hay más de un millón de emigrantes que tuvieron que buscarse la vida fuera de las islas.

Tierra roja que desmigan las lluvias torrenciales, especialmente en aquellas zonas que asolaron los últimos incendios. El 20 de febrero de 2010 las lluvias se desbocaron y los ríos saltaron sus cauces causando severos daños materiales y  48 muertos, todavía quedan vestigios y el miedo en los rostros. No hace una semana que temblaron los habitantes de su capital, Funchal, ante la densidad y fuerza de las lluvias que volvieron a brincar lo pretiles de piedra en que embarrancan  los lugareños la fuerza de sus ríos. Imagínate una ciudad que se desparrama por las laderas de las montañas hasta el mar, surcada por arroyos, ríos, barrancos y torrenteras con desniveles permanentes de más del 5% al 7%.

Tierra negra quemada en la fragua del volcán que formó la isla de Madeira hace unos cinco millones de años. Hay otra isla, mucho más pequeña, Porto Santo, con arenas ya doradas por el sol y límpias por el agua, y es que la geología la parió hace unos ocho millones de años y le ha dado tiempo a limpiar sus piedras del negro de caldera y, pulilarlas y desmigajarlas. No son las únicas del archipiélago, también surgieron del océcano las islas Desertas y las Salvages, pero éstas, afortunadamente para ellas, no están habitadas.

Tierra preñada de todos los verdes, con picos afilados y rotundos que llegan a marcar 1.861 metros, horadados  por más de 180 túneles. Poderoso caballero es el turismo, el pan de cada día de estas gentes, laboriosas y hospitalarias. Gentes que hicieron 2.200 Kms. de levadas -canales- para llevar las aguas abundantes del norte al sur y que actualmente todavía se utilizan para riego, agua de boca y para producir electricidad.  Gentes que hacen los viales de las calles insertando piedras blancas y negras con las que dibujan todo tipo de arabescos, medias lunas, círculos, nombres… como si pintaran en el suelo. Gentes que miran al cielo ya no por temor a que se agoste la cosecha por falta de lluvia o se pudra por su demasía, sino por si cierran el puerto y dejan de entrar los grandes buques -paquetes les dicen aquí- con mas de tres mil turistas que dejarán una siembra de euros, o si las rachas de viento malogran los aterrizajes y tampoco llega el maná en forma de alemanes e ingleses. No te extrañe de que, además de portugués,  hablen alemán e inglés, les va en ello el pan de cada día.

Tierra que atrajo por su belleza y su clima a personajes como Sisi la emperatriz,  Winstion Churchil y al emperador Carlos I de Austria y IV de Hungría. Éste último murió en Funchal y está enterrado en la Iglesia Nuestra Senhora do Monte. Lo más curioso es que a este emperador lo beatificó Juan Pablo II en 2004. Claro que ese papa beatificaba a cualquiera, lo hizo en 1992 con  Josemaría Escrivá y, por encima, lo elevó a los altares canonizándolo en 2002. San Josemaria ruega por nosostros pecadores.

Y escucha: Qué paz, a pesar de la lluvia que a ratos se amansa y hasta se aparta y cede su lugar al sol. Qué paz, sin leer el periódico, sin ver la tele. Qué paz, sin escuchar que va a pillarnos el apocalípsis uno de estos días y yo sin confesarme. Qué paz, paseando bajo las jacarandas del paseo marítimo, o entre las orquídeas y las flores del paraiso del parque de Santa Catarina. Qué paz, recorriendo el Museo de fotografía de Vicentes con fotos que datan de 1863; está situado en un antiguo estudio fotográfico del siglo XIX que contiene cámaras originales, muebles, y todos los accesorios para retratar y revelar, y  un archivo de más de medio millón de negativos. Qué paz, probando el vino dulce de Madeira que recuerda mucho al Oporto. Qué paz. viendo cómo las olas rompen en el fuerte de San Tiago y levantan una nube de agua blanca. Qué paz,  recordando hace casi veintiocho anhos las vistas de los acantilados desde el comedor del hotel Casino. Qué paz,  perder la perspectiva y la memoria, y no recordar las calles y los lugares, porque es como vivirlos de nuevo. Qué paz,  esta mañana cuando se abrían los arco iris cubriendo los valles como una premonición de que todo mal es pasajero, incluso la lluvia mansa o la niebla que vela los paisajes con un halo de terciopelo.

J. Carlos

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