Hotel Hilton

HOTEL HILTON

También es mala suerte, Verónica, que se quemen los dos últimos pisos del Hilton justo el miércoles a la hora de comer, y que os dieran la habitación 525 porque había una convención y tenían ocupada toda la planta tercera. Lo demás era previsible: Que los supervivientes tomarais la vía de escape de la azotea y desde allí elevarías vuestras plegarias, que os colgaran como títeres del helicóptero del Samur haciendo fintas en el aire. Allí estaban los objetivos de Telemadrid escudriñando cada uno de vuestros gestos y difundiendo vuestras angustias durante casi dos horas. Había que oír a la locutora; qué desparpajo, utilizaba adjetivos que mordían las vísceras y cegaban los ojos de lágrimas, afinaba la voz en los momentos más tensos hasta dejarla chiquita y enardecía a los mirones para que aplaudieran cada rescate. Cinco muertos por asfixia y cuatro hospitalizados con síntomas de intoxicación por monóxido de carbono, entre ellos un bombero.

Si no es por Cristóbal, no lo cuentas. Ya estabais en el pasillo corriendo hacia la escalera exterior, los goznes del ascensor reventaron y una columna de fuego se comió el oxígeno y os lanzó contra la pared. Tras la lengua de fuego, una ráfaga de aire hirviendo y cortinas de humo negro que ensuciaron el poco oxígeno restante. Quedaste inconsciente, él te arrastró hasta el rellano buscando el aire a ras del suelo, luego una mano anónima cogió el otro brazo y escalón a escalón tiraron de tu cuerpo a trompicones sorteando la niebla espesa.

Cristóbal. Más de seis meses lo tuviste a besos furtivos, en el coche al salir del trabajo, como dos novios de los de antes. Tuvo que demostrarte de cien maneras que te quería o, al menos, que le gustabas, o tal vez lo que vino después sucedió porque aquel día en el aparcamiento de El Corte Inglés bajaste las defensas y a partir de ahí el guión ya estaba pautado. A tus cuarenta y dos estás loca por sus huesos, por sus ojos azules, por ese porte aristocrático, porque te hace reír y te sientes alguien y porque tocó el piano para ti en La Fídula un lunes de carnaval y cuando lo tocó te miraba como nadie te ha mirado. Qué importa que tenga su familia. Tú tienes la tuya, un marido escritor famoso y dos hijos. Qué importa que te lleve nueve años, según para qué es como un niño y los miércoles aguanta hasta dos batallas. Qué importa que esté en su despacho de cristal dirigiendo las finanzas de un gran banco y tú estés en mitad de la planta en una mesa corrida y seas una simple analista con un teléfono y cuatro pantallas.

Mírate, con la mascarilla azul cubriéndote la cara, un gotero pinchado en la muñeca y los médicos inyectando antibióticos porque tiemblas toda, como una hoja en una noche de viento. Te cuesta respirar, es como tragar un puñado de arena que lija las paredes de la faringe y cuando llega a los pulmones queda atrapada en un enredo de telas de araña. Tienes los ojos mordidos por el humo, si corres la cortina de los párpados te hiere una luz toda blanca, sin principio ni fin. Los cierras. Después de varios intentos las agujas de luz se atenúan y empiezas a adivinar contornos y perfiles. Hay gente con uniformes verdes y mascarillas, se mueven demasiado deprisa para fijarlos en tu retina. Tienes una caricia en tu frente y otra mano en tu mano; reconoces ese olor, vuelves la vista a la izquierda, las líneas de la cara ondulan y los rasgos parecen líquidos, igual que los desiertos en verano. Cuando los perfiles se solidifican aparece la cara de tu marido y la máquina que amplifica tus latidos se vuelve loca. Cinco miligramos de Diazepám.

Ahora que el destino acaba de regalarte una vida tú sólo piensas en su reacción  porque a estas horas todos se habrán enterado. ¿Qué dirán tus hijos universitarios cuando se enteren que su madre anda por ahí calentando las carnes otoñales en camas de hotel? Y los compañeros, ¿qué pensarán de la modosita? Camisas abrochadas hasta el cuello, faldas dos dedos por encima de la rodilla, la que siempre tiene un hombro dispuesto a cargar con las tristezas ajenas y los oídos abiertos a las confidencias. Y se lía con el jefazo.

Te llegan voces que al cruzar los tímpanos acorchados de tus oídos se desvanecen en murmullos, pero los pitidos de la maquinita te llegan con total nitidez y son regulares; seguramente tu cerebro está discriminando, aunque según tus ojos todo se mueve a cámara lenta y ya ni siquiera recuerdas por qué estabas tan preocupada hace tan solo un momento. Tu marido sigue allí mirándote con los ojos dulces. ¿Qué pensará? Que piense lo que quiera. Si no fuera por la mascarilla le dirías cuatro verdades bien dichas, que esto del Diazepám es como si te hubieras echado al coleto media botella de whisky. Le dirías que, hace siglos que no te dice guapa, pero qué te va a decir si llevas dos meses haciéndote las mechas y hasta ayer no te dijo que notaba algo raro en tu pelo. Le dirías que ya no te hace reír…

Ha entrado en la habitación Cristóbal, tiene vendado un brazo y por encima de los ojos azules tiene chamuscadas las cejas. La maquinita ha emitido tres pitidos muy rápidos, has respirado hondo aunque de tus pulmones duelan hasta las telarañas, y la lucecita verde ha vuelto a su ritmo cansino. Tu marido le da un abrazo y oyes retazos de frases de las que sólo te quedas con palabras sueltas:

―Héroe… gracias… salvado… Verónica.

Cristóbal se acerca, te peina el pelo castaño con los dedos, te besa en la frente, toma tu mano, mueve los labios:

―Enhorabuena… llamado… cliente… Mister Lewis… que sí… gestión… mayor fondo inversión americano… revisión carteras… los miércoles…  hotel Palace.

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J. Carlos

Este cuento está publicado en el libro colectivo: Hasta anegar las torres (Antología de literatura breve). Editado por la Escuela de escritores en 2010.

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